Entregas Mundialistas. Brasil: El talón socrático (XXXI)

Foto: Escena de batalla clásica con Sarrià al fondo

Si hay un jugador brasileño que marcó el recuerdo de todos los que pasamos con holgura los 30 ese es Sócrates. Cabello largo, pinta de jugador hippie que probablemente fue seguidor del movimiento tropicalista de los 70 , porte de jugador aristocrático y de buena cuna ya desde un nombre propio que parece puro realismo mágico (como su fútbol). Cojan aire: Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira. Para más in ri, nacido en una localidad del Amazonas llamada Belém, lo que le remata como una especie de mesías del fútbol de los 80. Sus padres eran fieles al catolicismo oriental de la iglesia maronita y eso, siempre según sus progenitores, le sirvió tanto a él como a su hermano pequeño Raí Souza –también internacional y también muy bueno- para no perder el norte ni en el campo de juego, ni fuera de él (algo a los que muchos brasileños está acostumbrados y si no que se lo pregunten a Romario y Ronaldinho). Tal vez gracias a esa fe, Sócrates fue diferente a los demás futbolistas de su generación. Se labró un futuro en paralelo a su refinado golpe de balón estudiando medicina. Además de hablar sobre el campo con arte, Sócrates se distinguía por una oratoria más propia de su tocayo griego que de sus colegas contemporáneos que utilizaba para desafiar las leyes de la dictadura militar que sacudió el país en 1964 (y que no acabó hasta la llegada al poder de Tancredo Neves en 1985). En lo referente a su carrera deportiva despuntó en el Corinthians a finales de los 70 y después del Mundial de 1982 fichó por la Florentina italiana donde no llegó a cuajar. Fue mundialista en los dos certámenes jugados en los 80, pero como dice la mitología futbolística, pero pese a formar parte de la mejor selección brasileña de los últimos 30 años, en ninguno de los dos pudo llegar más allá de cuartos: debutó en el Mundial de España donde no pudo con Italia en esos cuartos míticos jugados en el fenecido Sarriá barcelonés y el de México donde cayó en Guadalajara contra la Francia de Platini y compañía. Esa fue su auténtica cicuta: no ganar lo que tenían ganado antes de saltar al campo. Pese a esa injusticia que siempre se recuerda a la hora de repasar su trayectoria, el jugador barbudo con pinta de Jesucristo de las favelas pasará a los anales por un talón que no era de Aquiles, más bien de una precisión milimétrica. Sus pases de tacón era pura orfebrería y un regalo para posteriores generaciones pegadas a Youtube. Pero es que además le gustaba poner a prueba a los porteros en los entrenamientos chutando los penaltis de espaldas a la portería se dice que con un muy buen porcentaje de acierto. Eran tiempos en los que Brasil tenía prohibido jugar con ese doble pivote que en USA 94 supuso una traición a su estilo de juego ofensivo pero les reportó un nuevo Mundial que no conseguían desde 1970. Hace pocos días el ex capitán brasileiro se mostraba bastante escéptico con el futuro de la selección a la que ve en muy baja forma física y con preocupación por el cambio de valores deportivos que ha supuesto la llegada de Dunga al banquillo canarinho: “El estilo del fútbol brasileño de hoy en día es una auténtica agresión a nuestra cultura deportiva. Está enfocado básicamente en fomentar el resultadismo, que no tiene nada que ver con nosotros”. Ni con nuestro recuerdo, Sócrates. En el fútbol, como en la vida, no siempre ganan los buenos. Hoy debuta Brasil.

La primera lección del Filósofo (no mires a los ojos del portero cuando vayas a lanzar un penal):

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