Corrían los años 70 y como todo niño que le tocó vivir aquella época de pana y parches en los codos, el pequeño Bambi era un cervatillo consentido y sobreprotegido por su madre, dispuesta a darle a su retoño todo aquello que ella no pudo tener. Pero se cruzaron los furtivos; cuatro tiros; ras-plas; y madre muerta. Bambi se quedó desamparado y solo. Cayó en la desesperación, en el parte wild de la vida: tatuajes, drogas, alcohol y cambio de especie. Bambi se convirtió en Caribou. Y hace unos añetes sacó un disco de folk empalagoso y lisérgico, de título más extraño si cabe que esta historieta: Andorra. El bueno de Caribou exploró allí sus recovecos más ocultos y exorcizó sus fantasmas, Andorra le devolvió la alegría de triscar los montes, comer yerba fresca y rebozarse de vez en cuando en lodazales.

Caribou había pasado su calvario personal, se había equivocado, había aprendido, se había apuntado a algún curso de cerámica y ya se encontraba a gusto consigo mismo. En este nuevo paisaje emocional aparece Swim, disco de electrónica artie y sumamente cool, como si Whitest Boy Alive hubieran pasado el fin de semana en una Campus Party. Pero lo más importante, Swim es un discamen soberbio. Cuando lees que es un disco de electrónica y bailable y escuchas el primer corte Odessa, uno se dice a sí mismo, “Vale, ya tenemos al típico gafapasta que si no le dan dos ritmos de guitarra seguidos ya se cree que es electrónica”. Pero resulta que no, que el disco navega muy bien entre el pop y los preceptos de la electrónica. Quien no haya escuchado Andorra, que no lo haga. No hace falta para tener una visión más amplia de este segundo disco del canadiense.