Cómo se agradece la lectura de Los millones, una novela que firma Santiago Lorenzo, ambientada en los ochentas, cuando Facebook no existía y las redes sociales se tejían en bares cañís con nombres imposibles.

Estamos hablando de un ejercicio literario que supera con creces las expectativas de la trama argumental que ya por sí tiene un gancho irresistible: A uno del GRAPO le tocan doscientos millones de pesetas en la Lotería Primitiva. No puede cobrar el premio porque no tiene DNI.

La historia de amor entre Francisco, perdedor nato preocupado por salvar la economía doméstica recontando las pesetas para llegar a fin de mes y Primi, una pseudo periodista de un panfleto distribuido en centros comerciales es un retrato costumbrista del Madrid de los 80 donde suena Radio Ochenta Serie Oro  y se comen Bonys. Es una trama urbana tierna a la vez que irónica, plagada de situaciones marginales e hirientes, una utilización del vocabulario que ronda la perfección, y metáforas impagables.

Los Millones

Santiago Lorenzo hace un retrato perfecto del Madrid de 1986 a base de hilarantes descripciones, personajes anónimos, situaciones cotidianas llevada al absurdo y la conjunción perfecta del humor y la desgracia. Un libro que revive una realidad pasada narrada con un lenguaje anacrónico como apología de un universo desparecido. Una obra nostálgica a la vez que imperecedera, sin ñoñerías ni moderneces.

Los Millones tiene tanto del realismo de extrarradio de la película de Almodóvar ¿Qué he hecho yo para merecer esto? como de la esperpéntica cotidianidad del Valle-Inclán de Luces de Bohemia o   del Mendoza de Gurb.

Los Millones vive en la calle, en los bares, en la soledad de un personaje y sus particularidades, en  los pisos de  una ciudad con costumbres, clichés y leyes eternas, en la supervivencia de sus  desgraciados habitantes.