Bendito aquel jambo que un día de bronca con su mujer, en una discusión de esas que empieza por si los yogures del estante de lácteos del supermercado deben cogerse de fresa o naturales azucarados, sabe que por no acabar haciendo la pelota de la bronca aún más grande, acaba ordenando y tirando cajas del garaje en donde tiene sus cintas de casette y sus viejos VHS grabados del “Música Sí” o de “Del 40 al 1” de cuando Canal Plus emitía partes del día en abierto y aparecía Fernandisco presentando videoclips que nos ponían a soñar.

A ese señor que un día, viendo que la nostalgia es un arma de destrucción masiva en los corazones de todos aquellos que ahora rebasamos la treintena (y lamentablemente la cuarentena), decidió que los 80 estaban muy bien, pero los 90 definitivamente eran la bomba, sobre todo en el terreno bailongo discotequero, con esos findes arriba y abajo con nuestra Derbi senda, buscando a la chorva a casa de sus padres y acabando con los huesos en las discotecas de las afueras de tu ciudad, para que te rompieras junto a ella con antológicos “chumba-chumbas” y canciones “cantaditas” para llegar a casa después de que el gallo quedara afónico de anunciar el nuevo día.

Y sí señores, el experimento “Love the 90’s” funciona, y mucho, hasta el punto de llenar completamente la pista del Palau Sant Jordi de Barcelona (12.000 asistentes según la organizadora) de gente que ansiaba volver a pegar brincos y dejarse llevar por las melodías de una época en donde el tecno y el dance eran los sonidos de referencia en España.

El cartel que presentaban era increíble para los asistentes. Grupos como OBK, Technotronic o Vengaboys iban sucediéndose sin apenas dar un mínimo respiro a los que llenaban el Sant Jordi, alternando actuaciones con la participación constante del dúo de DJ’s Jumper Brothers, los cuales tiraban de hemeroteca audiovisual (gran acierto y punto fuerte de la noche el juego que dieron las pantallas del escenario combinando imagen, letra y sincronicidad con los temas noventeros que salían de unos gigantescos altavoces que más de uno se hubiera puesto en su buena época en la bandeja trasera de su Citröen Saxo VTS, Renault Clio Williams o Ford Escort. Sí, aquel coche con alerón imposible que a todos nos producía aquella extraña sensación de asco-pena).

Ojo, que, pese a que el cartel era espectacular, siempre hay que dejar claro que eran grupos que hace 20 años partían la pana, la mayoría de ellos se han mantenido espectacularmente bien (pásenme la dirección de su suministrador habitual de formal). Sin embargo, y como es lógico, otros no lo han hecho tanto, especialmente algún que otro grupo español que, como si revisionases una película de ciencia-ficción de los 90 en 2017, te quedas un poco en plan… ¿Qué le vi en su día? ¿Qué le vi?.

Mención especial de la noche a la actuación de Snap!, sin duda una de las que más aplausos arrancó (y lagrimones nostálgicos, porqué no decirlo), un dúo que se mantiene fresco como un calippo de fresa recién metido en el congelador, y es que, si te tiran a la cara Rythm is a Dancer o The Power de la manera en que lo hicieron, les valdría para ponerse hoy mismo en cualquier festival de verano de primer nivel en cualquier parte del mundo, y eso es quedarse corto.

En definitiva, un espectáculo de más de cuatro horas de festival nostálgico que a muchos nos hizo volver a un maravilloso y tecnológico tiempo pasado, pero que una vez rebasadas las 2 de la madrugada, volvías a la realidad al ver cómo la gente se tocaba las lumbares y se bebía los danacoles por lo del colesterol alto, y es que seremos “puretas enrollaos”, pero ya tenemos una edad y mañana hay que madrugar para comprar el pan y coger sitio para plantar la sombrilla en primera línea de playa. ¡Qué menos!

Crónica de Sam Danko | Imágenes de Ben Austwick