Ya ha pasado otro Sónar y van 20! Y la sombra de la depre de volveralcurrismo cada vez se alarga más. No sólo por las resacas, los años que van pasando (Si el Sónar ya tiene 20 cuántos tienes tú, eh. gachón?) sino porque a lo mejor ni tienes un volveralcurrismo esperándote. Tras el concierto de Kraftwerk uno recuerda aquellas promesas de un futuro tecnológico y maravilloso, en el cuál quizás no podrías leerte el Guardián entre el centeno pero que a cambio te iban a masajear la epiglotis unos roboticos antes incluso de que supieras que era eso exactamente lo que querías.

Y es que amigos, los tiempos felices en los que teníamos un porvenir en el cual la tecnología nos rascara la espalda, nos dijera que si habíamos adelgazado y nos asegurara que ese color combina perfecto con tu sonrisa. Ese futuro ideal donde las máquinas harían más cosas a parte de un café asqueroso y servirte sandwiches de sucedáneos de atún, con algo que juran fue en algún momento mahonesa. Ese futuro, no ha llegado ni parece que va a llegar. Ya no se investiga en útiles robots que sepan subir escaleras, prohombres de una Humanidad 2.0, porque ¡oh amigos! Si el hombre es capaz de crear un semejante que controle los misterios del escalón, podíamos soñar en un robot que se hurgara la nariz, que saliera en chandal a tirar la basura o que hiciera el Moonwalker. Esa época optimista ha muerto, los himnos kraftwerkianos se han ido por el retrete, nadie quiere ser un robot, ni tener uno porque o bien no tienen seguridad social o bien no desgravan. Ya hay vídeos de monos superinteligentes adiestrados para llenarte un vaso de leche y olvidárselo en el microondas mientras salen tarde a coger el Bus con la corbata puesta como calcetín porque la noche anterior han estado de fiesta con unos colegas, en algo que empezó simplemente con un “¿te vienes a jugar al parchís a mi casa y te traes unas birras?”. Los futuros microchips serán de células madre conectadas por bluetooth a itunes. El servil metal pierde lugar en favor de la reemplazadora biotecnología… ¡Monos que van al curro con resaca! Una aberración vamos. Un robot estaba programado para hacer cuatro cosas y listos, un mono superinteligente en cambio… Te puede robar a la novia si no estás al tanto.

Total, que la electrónica se ha resentido de este creciente cambio de rumbo de la tecnología: del optimismo de Kraftwerk a los híbridos actuales como Mount Kimbie. Si Kraftwerk renegaban de cualquier connotación musical en lo que hacían, cuando pones Crooks & Lovers y lo primero que suena es una guitarra acústica a uno le falta tiempo para abrir un encendido comment en Pitchfork diciendo “hey pals, you all suck!”. Después te serenas, te repites para ti mismo esos mantras indies que tanto nos han enseñado: “han dicho en siglo 21 que es la revelación del 2010… han dicho en siglo 21 que es la revelación del 2010… han dicho…” y los temas van pasando suavemente. Te despistas 10 minutos viendo el enorme culo respingón de la portada, acabas pensando que efectivamente te resulta totalmente gratuito pero que no se lo dirás ni a tu mejor amigo a no ser que te amenace con llevarse la 4º temporada de True Blood. Después respiras un poco más tranquilo porque sí, parece ser electrónica al fin y al cabo, detrás de tantas capas de low-fi, samplers callejeros y chispas soul, reconoces en el fondo lo que parece ser un laptop y un glitch. Con Blind Night Errand, todo parece volver a su sitio: sí glitch a destajo; sí: bombo dubstpero; sí: juegos de efectos sobre ruidos artificiales. Tu mundo anti yeah-yeah y anti-la-la-lá parece que se mantendrá al menos un año más, porque no nos engañemos, la electrónica, al igual que la tecnología se ha domesticado. La gente, por una extraña razón, ya no quiere robots que trabajen por ellos, quieren 3G, así que olvídate de que tu vida sean unas perpetuas vacaciones y los robots trabajen por ti, pero eso sí, no te faltará cobertura para twittear a tu gusto…