Bill Callahan, grande y sabio
Sale al escenario, saluda (parco, serio) y, con toda la calma del mundo, afina, revisa pedales, volúmenes y lo que haya en un escenario (disculpen la ignorancia). En el Apolo no cabe nadie más y el silencio es soprendente: ¿en qué otro concierto pasaría esto? La palabra, creo, es respeto. Y es que este hombre se lo ha ganado tras más de 15 años de carrera y discos siempre notables. Algunos excelentes, como el último, “Sometimes I Wish We Were An Eagle”, del que cayeron casi todas sus perlas. La formación es también mínima: guitarra y batería. Por fin empieza, con “Jim Cain”, y esa voz de hombre que ha vivido (y, presumo, ha bebido) lo suyo lo inunda todo. Bueno, casi todo. Porque pronto se echa de menos un violín, un teclado, los sutiles arreglos que llevan estas canciones a otro nivel. Claro que Callahan es mucho Callahan, y al rato te olvidas de lo que falta y admiras lo que hay, que es mucho (luego, en “Eid Ma Clack Shaw”, lo echas de menos otra vez; es como esa frase al principio de “Jim Cain”: “Solia ser oscuro, después me volví más claro; y luego volvi a oscurecerme otra vez”). Sorprende con un “Battysphere” inesperado y soberbio, en una onda nuevaolera que le sienta de maravilla, y tras eso vuelve a la calma de sus últimas canciones firmadas en solitario con esa pasmosa naturalidad que dan los años y las tablas. El silencio solo se rompe cuando caen los últimos acordes de cada tema. En el bis recupera dos gemas de su último disco firmado como Smog (“A River Ain’t Too much To Love”), que clava. Y se va con la misma parsimonia con la que ha entrado. Grande y sabio Bill.
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