El Monkey Week contra los elementos II
- Monday, October 18, 2010, 9:10
- Opinión
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Viene de aquí
por Natxo Medina
La segunda brecha tal vez debería tener entonces que ver con la actitud ante la creación musical actual, y aquí deberíamos reflexionar sobre quien está ahora mismo en posiciones de poder dentro de la industria. Teniendo en cuenta que quienes hoy por hoy ostentan un cierto peso en la misma son gente, digamos, mayor (compréndanme, señores, ando sobre los 25), tal vez un pensamiento que vendría a la cabeza sería si dicha gente no estaría más feliz si todo siguiera siendo como cuando ellos trataron de hacerse un hueco dentro de este caos sin nombre ni apellidos que es el “indie” patrio. Pero es que no es así.
Me consta que hay quien se adapta a los nuevos escenarios y quien no, pero (y esta vez tengo que recurrir a lo que yo soy como joven apasionado de la música que ni siquiera sueña con dedicarse a ella como trabajo completo) la pregunta ante lo que a mí me parece una excesiva necesidad de profesionalizacion sería ¿es ésta verdaderamente necesaria o sólo una manera que tienen algunos de perpetuarse en sus posiciones de influencia y réditos económicos? ¿No valdría con disfrutar de la grandísima oferta, variada y de gran calidad, como yo, y mucha otra gente, artistas o no, hacemos cada día y tratar, si se quiere, de hacer algo de provecho a partir de ahí? ¿Puede tomarse la música como un trabajo cualquiera? ¿DEBE la música ser un trabajo cualquiera?
Me consta que gran parte de los míticos de la historia de la música llegaron a su condición por casualidad, aunque bien es cierto que además desarrollaron sus carreras en un momento muy diferente a todas luces del nuestro. Pero la pregunta aún así sigue siendo ¿por qué nosotros deberíamos ser diferentes en ese sentido? ¿Porque ahora nuestros profesionales están más cansados que antes? (Fino Oyonarte afirmaba que las cosas antes eran diferentes en parte porque antes tenían 20 años y les daba igual todo lo que no fuera tocar) ¿Es que ahora que todos nos hemos hecho mayores y hemos perdido cierta ingenuidad primigenia deberíamos exigirle por ello a nuestro Estado que patrocinase asuntos que sabemos (y sabíamos) deficitarios, más cuando somos perfectamente conscientes del sistema de capitalismo salvaje y brutalizador en el que nos movemos, en el que vales exactamente el dinero que generas y culparlo cuando no nos comemos un colín?
Imágenes de la conferencia: Los tiempos… ¿están cambiando? Evolución de la oferta de la música en directo en España: Un acercamiento a la evolución sufrida por festivales, programadores y medios musicales durante el último cuarto de siglo con: Alfred Crespo (Ruta 66), Ernesto González (FIB), Fino Oyonarte (Los Enemigos, Clovis, Los Eterno), Marcela San Martín (Sala El Sol) y Carlos Espinosa (Riff Music)
Ojo, no tiene esto nada que ver con negar la intervención del dinero estatal en la creación musical independiente, cosa que, bien llevada, es positiva y necesaria, sino de una concepción, a todas luces erronea de que la música DEBERÍA ser un trabajo, de que los músicos jóvenes piensen que por el hecho de pertenecer al gremio TIENEN que cobrar, tener subsidios, aspirar a un fondo de pensiones. La idea de base de tal filosofía no sólo me parece perversa, sino también dañina para que la creación se desarrolle de una foma libre y espontánea. Está claro que a todos nos gustaría comer de lo que más disfrutamos haciendo, pero… ¿es que no puede el dinero estar fuera del juego cuando uno se junta con sus colegas a tocar? ¿Es que siempre tiene que estar por ahí dando por saco? ¿Ocurre algo si alguien hace discos sin aspirar a nada más que a hacerlos, integrándolos en su vida como una parte importante pero sin necesidad de convertirlos en herramientas de la plutocracia? Al fin y al cabo siempre acabamos hablando de gente que se expresa como mejor puede. Eso es todo.
Porque además, admitámoslo, y aquí viene probablemente el escollo más grande al que se enfrenta el Mono, su particular Godzilla: en este país, y seguramente en casi todos, la gente apasionada por la música que digamos escapa de los canales masivos de distribución no somos más que una parte miserable del mercado, una parte a la que es muy fácil ignorar, porque no generamos excesivo movimiento de pasta, porque ante las masas que abarrotan los estadios de fútbol o los bares cada fin de semana no somos buenos clientes; porque además somos poco fieles como indies, porque muchos de los discos nos los descargamos y muchas veces por mucha militancia da pereza ir a conciertos en vez de quedarte en casa mirando “Fringe” en algún sitio de visionado online; porque para nosotros todos estos grupos son parte de nuestra vida y nos cuesta mucho admitir que en realidad millones de personas viven ajenas completamente a esta realidad y que además, no pasa nada por ello, salvo que nunca vamos a generar una masa crítica de público y piedrólares suficiente como para que según qué instituciones o patrocinadores (más allá de las marcas de alcohol, porque de eso sí que sabemos) nos presten demasiada atención; que nuestra misma realidad musical se sustenta en una endogamia bastante palpable y que además ese mismo elitismo que nos aísla de los grandes mercados lo hemos estado trabajando nosotros durante años y años de creernos los jefes por sabernos la discografía entera de los Swans y molar mazo.
Porque somos pequeños y no podemos pedir peras al olmo, y mucho menos quejarnos constantemente y lanzar discursitos al aire.
La idea sería precisamente la contraria: dar la espalda, desde un punto de vista actitudinal, a la necesidad de dinero y reconocimiento, generar canales propios y verdaderamente alternativos, hacer ruido y molestar un poco, juntarse a tocar, organizarse más allá del negocio de cada uno para evitar que esto sea la carrera de ratas que es hoy en día. Ví mucha gente en el Monkey Week que llevan muchos años en el negocio, y a muchos de ellos debemos agradecerles que hoy por hoy las cosas estén mejor que antes (porque lo están) y que hayan sentado las bases para poder sentirnos orgullosos de nuestra escena y poder disfrutarla a menudo. Gente que ha posibilitado que un festival como el Monkey exista, por ejemplo. Pero los de ahora son tiempos duros, las cosas han cambiado y no se puede tratar de imponer un modelo actual bajo viejas premisas, que pueden hacer a las nuevas bandas centrarse en ideas preconcebidas y equivocadas. Puede que los próximos pasos para que la industria no se hunda pasen paradójicamente por negarse a sí misma, o actuar de incógnito. La evolución se perfila así como única salida, y hoy evolución significa, como lo ha significado siempre, coger el camino menos transitado.
Como decía un primo mío andaluz, precisamente: “camarón que no colea, se lo lleva la corriente”. Y ya que hemos llegado hasta aquí sería una pena dejar de colear.
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