Sónar: 70.000 en el continuo espacio-tiempo
- Wednesday, July 7, 2010, 11:53
- Opinión
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Esto es un sindiós. Cuatro palabras que me vienen a la cabeza muy a menudo desde que ando revuelto en esto del gremio musicocríticoperiodístico. Un auténtico sindiós que no hay quien lo ordene. Ni falta que hace, supongo. Y es que si ya de por si la artística es, de todas las áreas de consumo, una de las que más tiende a generar respuestas diversas, muchas veces encontradas, y de las que más están sujetas a la subjetividad y al individuo, a su bagaje cultural, a sus intenciones y expectativas, cuando nos ponemos a hablar de música, la cosa se centuplica hasta proporciones cósmicas.
Normalmente ocurre que un cuadro o una escultura están en un museo, y por lo tanto se le presuponen una serie de cualidades que emanan de él y que lo aislan dentro de un marco cultural determinado. Por mucha era hipermoderna en la que vivamos, las categorías de alta y baja cultura siguen perpetuándose en gran parte de los media, suponemos que, como es habitual, siguiendo estrategias de nicho de mercado, y por tanto Las Meninas y Bansky siguen estando a ojos del consumidor cultural medio (ojo que con este adjetivo sólo marcamos su nivel de conocimiento, reflexión y/o interés en el tema. Namás) en estanterías marcadamente diferencias. Por lo tanto, ante la visión de un Miró o un Max Ernst, en una ocasional visita a una exposición uno de esos días que no se tiene mucho que hacer y los museos están de puertas abiertas, cuando no estás pillando un carajo y sólo ves manchas de colores, siempre se puede decir aquello de “yo es que de arte no entiendo”, presuponiendo una brecha insalvable entre los críticos y los entendidos y el hombre de a pie, como si para disfrutar de un Klee o un Chagall hiciera falta haber estudiado en La Sorbona y saberte los pintores de la escuela Rafaelita como la alineación del Barça de Guardiola.
Pero con la música (como ocurre bastante también con el cine) disciplina que está presente en la vida de casi todo ser humano con orejas de una forma más o menos constante (melodías que se escapan de la radio, fiestas mayores, videoclips en cadena vistos de reojo en algún bar, temazos del verano escuchados en chiringos, hilos musicales en tiendas de ropa de dudosa estética, fiestones en discotecas, anuncios de la tele, móviles indiscretos en el metro y así hasta el cansancio) ocurre otra cosa.
Primero que, como acabamos de constatar, es muy democrática y casi omnipresente. Se le preste o no atención, hay códigos,
estéticas, armonías, ritmos, que se asimilan de una forma casi imperceptible. Es muy difícil encontrar a algún ciudadano de vida más o menos normal que no tenga ni siquiera un recuerdo asociado con un momento musical, aunque sólo sea bailar “La Macarena” con sus primos en la fiesta del pueblo.
Segundo, y eso es algo que tal vez sólo pueda aplicarse a este país nuestro, y digo tal vez por desconocimiento, al estar las instituciones culturales tan alejadas de la vida real, y los ciudadanos tan reticentes a tejer redes sociales entre sí; al vivir en un Estado con una tradición cultural socialdemócrata todavía en pañales, es difícil que hechos con tanto potencial social como la creación y el consumo musicales reciban la consideración plural que se merece como parte estimulante, viva, dinámica e integradora de nuestro convivir diario y por tanto se la considere como algo importante desde el punto de vista humano.
Tercero, gran parte de la música de tradición popular posee un componente lúdico ineludible y eso hace que se asocie muy a menudo, por costumbre y lógica memorística a un ámbito de la vida despreocupado y de relax, como las palomitas al cine o el olor a crema solar a los veranos en la piscina. Total, que la gente no le tiene respeto ni para lo bueno ni para lo malo. Conciben la música como algo que simplemente está ahí y de lo que de vez en cuando se echa mano a la hora de montar una fiesta o fregar los platos.
A un servidor tal actitud le parece magnifica excepto por un punto: que todo Cristo se arrogue el derecho de opinar como si por lo que respecta a la música (o al cine) no existieran criterios de respetabilidad, criterio y enfoque. Pero este en realidad sería otro tema de larguísima discusión que implica ideas sobre democracia, acceso a la cultura, elitismos y otras historias que no nos atañen ahora y que son sólo un preámbulo para el verdadero núcleo de esta reflexión.
Sónar como cajón desastre del consumo musical
Viviendo en un panorama mediático y social reglado, hipercodificado e hipertextual como el nuestro, nada de lo que hemos comentado debería resultarnos ni siquiera sorprendente. Y aún así, mientras me plantaba delante de Jónsi en la última jornada del Sónar Noche de este año, me dio por sentir la paradoja en la que me hallaba inmerso y pensé “claro que sí”. Pensé que Sónar no es tanto un festival rabiosamente contemporáneo por la aproximación musical que representa, por los carteles que construye (alquímica mezcla de modernidad tradicional y tradición moderna), por su afán en levantar actividades paralelas culturalmente estimulantes y a veces museísticamente aburridas, por tener la imagen corporativa más reconocible, controlada y arty de todos los festivales de este país o porque su cartel tenga como piedra fundamental la música hecha con maquinitas: lo es por personificar en su seno las contradicciones a las que se enfrenta el posicionamiento musical del individuo en los días que corren, por ser un laboratorio de colisiones interpersonales diversísimas y porque uno, si vive de arriba abajo la experiencia, desde el primer momento del Sónar Día hasta el último suspiro del Sónar Noche, experimentará seguramente los mismos raptos de sonambulismo, hiperactividad y desorientación que puede uno sufrir en el acto simple de meterse en el metro o bajar al super o irse de copas.
Es contemporáneo porque es real, diverso y mastodóntico. Porque es a la vez hedonista y reflexivo, porque invita al consumo y la psicotropía, al recogimiento espiritual del filósofo y a la iluminación por el exceso, a la angustia existencial y a la celebración de la tribu. A la liturgia y al riesgo. Porque convoca en sí mismo todos los enfoques, aproximaciones, retruécanos, fracturas y delirios de nuestra aproximación a la cultura, al consumo, al gasto, al placer, a la identidad. Porque es un futuro que imaginamos y un pasado que vuelve. Porque está poblado por fantasmas.
Y uno podrá decir: ¿Pero no son así todos los festivales grandes?¿No reúnen por igual a diferentes tipos de público?¿No suponen la misma mezcla informe de música experimental, hits bailables, desenfreno, introspección y patrocinios? Hasta cierto punto sí, pero…
En primer lugar, tenemos la liturgia electrónica, fenómeno bien documentado desde la emergencia de la escena techno y sobre todo a partir de la consolidación de la cultura rave, que supone de entrada un cambio básico en la aproximación al hecho musical. La gente se reúne, se agolpa, levanta las manos, esperando siempre el momento en el que el beat les inunde, les abrume. Sudan y se agitan y se tocan y están vivos, y se seinten libres, aunque la férrea, metódica y burocrática organización del festival lo tenga todo bajo control, incluso en los momentos de mayor desenfreno, que tienen copyright.
Desde ese punto de vista, el Sónar sería la sublimación liofilizada y para todos los públicos de aquella revolución sintáctica tan mimada por algunos téoricos musicales que presuponía que de la orgía del loop podía emerger una nueva narrativa emocional y sensitiva basada en la repetición y su ruptura, contraria a la ya agotada y conservadora gramática del pop rock. Al convertir esa escandalosa revolución del bombo a negras en una simple representación, Sónar se hace perfecto eco del simulacro en el que se ha convertido gran parte del potencial contestatario que el acto musical encierra en sí.
En segundo, a un nivel más prosáico, porque las aproximaciones a lo que escuchamos, vemos y sentimos no pueden ser más diversas. Al tensar por un lado la cuerda del disfrute y por otro la del intelecto, el espectro que engloba su público es más extremo que en muchos otros festivales más digamos enfocados a un target de público concreto. En un mismo concierto se dan cita el hedonista de la zapatilla, el cultureta de la mano en la barbilla, el que pasaba por allí, el que ha venido con los amigos a ver si pilla cacho, el que tiene que dejarse ver, el artista que recoge ideas, el camello que vende pastillas a altas horas de la madrugada, los veteranos que todavía se resisten a asumir que empiezan a estar viejetes para un evento así, el adolescente que vive todo eso por primera vez y se deslumbra o decide que nunca más volverá allí…
Esta extraña mezcla de tipos humanos convierte cada concierto en un tubo de ensayo social y en parte, ese batiburrillo y esa mezcla indiscriminada de intenciones, ambientes y estímulos dan lugar a un vacío conceptual abrumador, lo que podría traducirse como “el que mucho abarca poco aprieta”, y convierte la experiencia de muchos de los espectáculos del festival en una
proyección de ese extraño sentir de insatisfacción constante que muchos asociamos con nuestra vida cotidiana en el régimen del postcapitalismo. Esa sensación de que lo divertido casi nunca lo es tanto, lo desafiante muchas veces es tirando a tibio, y lo experimental es casi siempre un auténtico coñazo. Esa sensación de que nos están vendiendo la moto.
Sónar llegará a su decimoséptima edición el año que viene con una salud económica de hierro y siendo, objetivamente, un escaparate de grandes propuestas musicales. Más allá de eso, y por todo lo comentado anteriormente guarda en su misma condición el germen incierto del futuro. Pero no será por resucitar a Roxy Music o por invitar al enésimo artista multimedia del minimal japonés, sino por haberse adaptado con tanto ahínco desde los preceptos del consumo musical y sus aledaños a los vaivenes del inquieto y mudable hiperconsumo actual que a veces uno estando allí se pregunta: “¿Vamos bien por aquí?” para luego decirse “Esto es lo que ahí, my friend” y quedarse allí un rato más, y otro más, y tomarse una cerveza de cuatro eurazos sintiéndose el Marty McFly de “Regreso al futuro” pensando que este futuro nuestro es un pasado un poco triste para los que vengan después, que los coches ni vuelan ni ganas, y preguntarse, en un tono grave completamente fuera de lugar, apocalíptico que es uno, “¿Cuando petará todo esto?”. Y acto seguido ir a que los Chemical Brothers te taladren el cerebro para que al menos la infelicidad te pille de subidón subidón subidóoooooooooon….
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3 Comentarios en “Sónar: 70.000 en el continuo espacio-tiempo”
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brutal descripción.
Moltes felicitats Natxo per la reflexió,
El Sónar té sempre la capacitat any darrere any de provocar molts debats i crítiques extramusicals. I per mi, crec que, ara més que mai, és un dels aspectes més interesants que aporta el Festival.
La filosofia de la programació musical nocturna ha canviat des de fa uns quants anys. Es pot entendre a través de la visió de la organització: canvi d'espai (Montjuïc) i augment brutal de públic forani…però no per els amants i habituals de l'anterior SonarNit, aquell que continuava l'esperit del dia. Però aquest també és un altre debat…
Y que bueno que tenga esta salud de hierro economica, así también contagia a todos los que estan dentro. Si que es un buen festival, cosa que me alegra como lo defines. Lo que en mi caso, es muy grande y prefiero la zona de día o el Sonar Kids, porque me siento más acogida, aunque me imagino que tiene que ser un subidón según que conciertos de noche! Claro esta! Fantasmas incluídos, amigos que se apuntan a ultima hora y intelectuales musicales críticos que les apasiona. Gracias.