Death Cab For Cutie son unos angelillos

Uno se acuerda de descubrir a Death Cab for Cutie en un concierto en el FIB a horas tempraneras de un viernes del verano de 2001. Por entonces me tomaba los festivales muy en serio. Y a Death Cab For Cutie los tenía subrayados. A partir de ahí The Photo Album y Transatlanticism los pusieron como uno de mis grupos de cabecera con mi sensibilidad post adolescente abierta de par en par. Despachaban pop, indie e incluso algo de posthardcore y reunían todo lo que yo necesitaba en una banda: emotividad,genuinidad, intensidad y melodía. Desde entonces Death Cab For Cutie han ido creciendo en algunas de las características que les empujaron a forma parte de mi mundo musical y han abandonado algunas otras que les han separado de mi, porque de la misma manera que los grupos cambian las personas.

Emotividad:a un tío sensible como Benjamin Gibbard le sale delicadeza por las orejas, lo que pasa es que después de tantos años esa sensibilidad se puede convertir en pastelismo y yo ya no meriendo bollicaos.
Genuinidad: sigue siendo un grupo con mucha personalidad pero ya tenemos los huevos pelados y han ido evolucionando a ese sonido MTV2 de “no quiero parar de gustarle a las nenas”: alternativo pero agradecido que hace que se banalicen aunque siguen tendiendo ramalazos muy finos (el álbum apunta bien con el comienzo de Home is a fire , una suerte progresión post rock que te agarra y te mete en el disco).
Intensidad: la intensidad rock que les quedaba se ha ido un poco al garete, pero la han substituido por la profundidad de algunas de sus canciones y los desarrollos instrumentales. (ahí está Unobstructed Views, el mejor corte del álbum o St. Peter´s Cathedral).
Melodía: a “cholón”. (Some Boys, You are a tourist, Monday Morning, Underneath the sycamore…). Todo el disco está repleto de almibaradas melodías.

Pues eso, que Death Cab for Cutie son los mismos pero han cambiado. Como tu. Y sí, su sonido es cada vez más agradecido pero es que es que cada vez son más pop. POP CON MAYÚSCULAS para las nenazas, como yo, aunque la testosterona me aleja un tanto del resultado final.
La producción corre a cargo, como ya viene siendo habitual, de Chris Walla, guitarra de la banda y encargado del sonido de la misma, aunque en esta ocasión en las mezclas a metido la mano todo un maestro como Alan Moulder (U2, Depeche Mode, Nine Inch Nails…). Y parece que esa mano acostumbrada a tocar grandes producciones le ha dado ese sonido espacial y grandilocuente que tienen las bandas de estadios. Y se hace difícil relacionar a Death Cab for Cutie con las masas, porque no lo son, pero atención por que se han hecho muy grandes. Quizà no tanto en Europa como en Estados Unidos donde son muy gordos. Todos vamos creciendo y lo hacemos más incluso cuando vemos que a tu alrededor las cosas maduran contigo. O envejecen.

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