Hace un año y un día se muere Etta JamesSe muere Etta. Y en este país parece que nadie se entera de nada. Probablemente muchos no sepan ni de quién estoy hablando. Nadie le da un poco de importancia al asunto. Pero el caso es que se muere Etta.

Si le quitamos una “t” al titular te hubieras enterado fijo. “Se muere ETA”. En este país de mierda te hubieras enterado fijo. También lo hubieras hecho si se hubiese muerto el Dioni, o el segundo portero del Cartagena B. Por la calle la gente diciendo, “que grande el Dioni, qué campeón el tío, fue un héroe del pueblo”, o “Pobre portero, no tuvo suerte ese chico”. Pero se muere Etta y amb prou feines te enteras. ¿Qué mierda pasa? Qué, mierda, pasa. Vamos joder, que alguien alce la voz, que alguien se emocione un poco, que alguien le devuelva un pedacito del sentimiento que puso en cada nota de “Something’s Got a hold on Me”, de “Tell Mama”, de “At last”, de tantas… ¿O es que sólo yo me emociono con el dolor implícito en cada palabra de “I’d rather go blind”? “Whoo, I would rather, I would rather go blind, boy. Then to see you walk away from me…

Una de las voces del soul se apaga. La llama que combustiona la perfecta maquinaria de su diafragma, de su garganta, se desvanece poco a poco mientras parte del mundo ni se entera. Su pecho jamás volverá a coger aire para soltar esa nota tan perfecta, tan limpia, tan fina que cortaba el aire…

Jamesetta Hawkins, así se llamaba, nació en Los Ángeles en 1938 y trabajó hasta el pasado 20 de enero de 2012. Setenta y tres años trabajando hasta perder el aliento, hasta que la enfermedad se la comió. Una mujer de armas tomar, una niña del coro que pronto fichó por Chess Records, uno de los sellos más importantes de la cultura musical afroamericana gobernado por Leonard Chess, donde grabó la mayor parte de sus éxitos hasta llegar a Island Records y pasarse a la heroína, polisemia que le acompañaría de por vida.

Paradigma de las glorias y miserias de la música negra, figura indiscutible de la eclosión del soul de mediados de los sesenta, de todo aquello que inventaron los negratas para cambiar el mundo, del alma de toda una generación de la que estaremos bebiendo los blancos el resto de nuestra vida. Hablo del soul, del jazz, del funk, del rythm, del blues, de la Chess, de Island, del ghetto, del gospel, de las iglesias baptistas y evangelistas, de los pastores que aún gritan la fe, de los coros de ángeles negros, de los Cadillac y de los tupés embadurnados de Soul Glo.

En medio de todo ese embrollo se encontraba Etta, junto a Chuck Berry o Muddy Waters, grabando la historia en analógico, salvando al mundo con su música, cortando el césped con su voz… Etta. La misma que con 14 años debutó con un tan grande como lujurioso “Roll with me Henry”, rebautizado púdicamente en la galleta del disco como “The Wallflower”. La misma que en 2009 mandó al infierno aBarack Obama por llamar a Beyoncé para que canatara “At Last”, uno de sus grandes éxitos, en la toma de posesión de la presidencia americana. La misma que en los últimos años de su vida se ganaba el pan en pequeños restaurantes del downtown de Los Angeles mientras la propia mujer de Jay-Z la volvía a reemplazar, ahora en el cine, interpretando a una joven Etta en “Cadillac Records” y versionando su repertorio para las nuevas generaciones. La misma de las malas compañías, de las detenciones, de las condenas, de los intentos de desintoxicación y del “I Just Want to Make Love to You”.

La misma que ya no respira.

Se muere Etta. Y tu te acabas de enterar.

R.I.P.