Shows

now playing

20 Mil Leguas de Viaje Submarino – “Diario Fragmentado del Grumete Anónimo IV. La laberíntica biblioteca del Nautilus y el canto silencioso de las sirenas “

Tracklist / Contenido del programa:

El Nautilus navegaba pasivo por las profundidades marinas y a lo lejos el canto silencioso de las sirenas iba guiando nuestro destino incierto. Dentro de poco despuntaría un nuevo día para una tripulación pensativa que, durante la jornada por venir, debería tomar más de alguna decisión límite que tal vez nos lleve tan lejos que quizás olvidemos volver. Nemo, como casi siempre, era el primero en aparecer en escena y tomaba posición en los controles de mando, muchos de nosotros creíamos que era como los delfines que hacen descansar el cerebro por mitades para no ahogarse. A veces teníamos la impresión que Nemo esperaba a que la tripulación estuviera dormida para luego escabullirse entre las grietas del submarino e ir a danzar y cantar junto a las sirenas.

Aquella mañana inestable, el cuerpo de Nemo se paseaba inquieto de un lugar a otro de la radio-cabina, mientras su mente divagaba en busca de algún secreto que nos trasladara más allá del instante. La incertidumbre flotaba en el ambiente y las coordenadas de nuestro destino estaban eclipsadas por la nostalgia.

Durante el desayuno son recurrentes las ausencias, y la taza del café volcada sobre la mesa son el fiel testigo de esa consecuencia. La ausencia dura un pequeño instante, unos segundos indefinidos y melancólicos que terminan de improvisto, casi siempre con la llegada de una estilizada estela de café caliente que se desliza suavemente hasta chocar contra mi brazo ausente. Puesto que el retorno es tan inmediato como la partida, la palabra y el gesto detenidos se reanudan allí donde fueran interrumpidos. A veces los recuerdos quedan flotando sobre mis pasos.

Luego de un desayuno apresurado y silencioso, cada uno de los tripulantes se sumergió en sus correspondientes labores matinales. A los grumetes Pérez y Pinto les toco esa mañana limpiar la cocina y el comedor, mientras que al contramaestre Bagual juna al Almirante Gran Brígido estaban destinados a las labores de decodificación comparada de unos envíos realizados desde el exterior por nuestra tecno-oficial en la superficie terrestre, Gabi Lettieri. A mí esa melancólica mañana me tocó ir, por primera vez, a limpiar la biblioteca del Nautilus.

La biblioteca, ubicada estratégicamente en la zona más cóncava del submarino, junto a la despensa y frente de la sala de cartografía, posee una pequeña puerta metálica con una rueda que hay que girar 17 veces y luego tirar de un pequeño picaporte para abrirla. Al entrar me encuentro de frente con un señor que se presenta como Ildefonso Buscapiedras, nuevo oficial de libros y pensamientos. Me estrecha amablemente sus manos y me dice que lleva cerca de cuatro meses encerrado en la biblioteca ordenando y clasificando libros según el principio de Aby Warburg.

Aby Warburg –relata don Ildefonso- dedicó toda su vida a la constitución de su biblioteca y en su origen se encuentra un increíble episodio infantil: a los 13 años, Aby, que era el primogénito de una familia de banqueros, le ofreció a su hermano menor Max cederle su primogenitura a cambio de la promesa de comprar todos los libros que él le pidiera. Max aceptó, sin imaginar por cierto que la broma infantil se convertiría en realidad. Warburg ordenaba sus libros no según los criterios alfabéticos o aritméticos en uso por aquel entonces en las grandes bibliotecas europeas, sino según su interés y sistema de pensamiento, hasta el punto de cambiar el orden ante cada variación de sus métodos de investigación en el campo de la historia del arte. La ley que lo guiaba era la del “buen vecino”, según la cual la solución al problema no estaba contenida en el libro que se buscaba, sino el que estaba al lado. De este modo, hizo de la biblioteca una especie de imagen laberíntica de sí mismo, cuyo poder de fascinación era enorme.

Este proyecto de bibliotecología -dice don Ildefonso con un entusiasmo abismal-, va ser un acto de resignificación de las perspectivas del buen vecino de Aby según nuestras propias necesidades marítimas.

Tras ubicar un libro en un determinado lugar, don Ildefonso sacaba de su bolsillo una pequeña libreta roja donde realizaba algunas misteriosas anotaciones y hacía unos cálculos que, por el fruncimiento de su ceño, deberían de ser de una complejidad enorme, era como si en aquellas anotaciones y cálculos se le fuera la vida. Así entre libro y anotaciones, don Ildefonso de tanto en tanto se acercaba a su atiborrado escritorio y, entre papeles y libros, emergía un pequeño tocadiscos portátil del cual brotaba una música enigmática.

Luego de este viaje musical, don Ildefonso continuó relatándome lo que quería conseguir bajo la estructura de esta biblioteca warburgiana; quiero que quien entre por primera vez, me dijo con un tono de solemnidad infinita, sienta la necesidad de o bien huir inmediatamente o bien quedarse aquí por años. Esta biblioteca está pensada como un verdadero laberinto que conducirá al lector a la meta desviándolo, de un “buen vecino” al otro, en una serie de détours al final de los cuales encontrará inevitablemente al minotauro que lo esperaba desde el principio y que será, en cierto sentido, el mismísimo Nautilus, sentenció don Ildefonso.

Mientras se bebía un café con leche, don Ildefonso me invitó a descansar un rato de mis labores de limpieza e introducirme por los laberinticos estantes repletos de libros y probar así la estrategia del “buen vecino”. En esos días yo andaba interesado por el canto de las sirenas, sabía de un pequeño texto de Kafka que se titulaba El silencio de la sirenas. Me fui internado por entre los estantes hasta llegar a donde estaba el libro que buscaba, pero inmediatamente, como si de una iluminación incandescente se tratara, llamó mi atención el libro que estaba situado al lado izquierdo, era un texto de Blanchot que se titulaba El libro por venir, lo abro en la página 23 y leo: “Las Sirenas: parece efectivamente que cantaban, pero de un modo que no satisfacía, que únicamente permitía oír en qué dirección se abrían las verdaderas fuentes y la verdadera dicha del canto. No obstante, con sus cantos imperfectos que sólo eran un canto por venir, conducían al navegante hacia ese espacio en donde el cantar comenzaría verdaderamente. Por consiguiente, no se equivocaban, conducían realmente a la meta. Pero, una vez alcanzado el lugar, ¿qué ocurría? ¿Cuál era ese lugar? Aquel donde ya sólo quedaba desaparecer porque la música misma, en esa región de fuente y de origen, había desaparecido más rotundamente que en ningún otro lugar del mundo: mar donde, con los oídos cerrados, se hundían los seres vivos y donde las Sirenas —prueba de su buena voluntad— tuvieron también a su vez que desaparecer un día”.

Mientras leía y leía y dejaba de lado mis obligaciones de grumete, mientras saltaba de un buen vecino al otro, como si de una cadena infinita y sin sentido se tratara, don Ildefonso acompañaba mi viaje literario con música inclasificable.

Junto al canto silencioso de las sirenas que nos acompañaban en esa mañana tardía, me fui internando, enredando por un laberinto de libros y música… Un viaje eterno y sin retorno dentro de un espacio infinito, en el cual la locura, nuestra locura interna no es más que un viaje que se anticipa a la razón. Y así, en nuestro infatigable viaje por las profundidades del océano imaginario, las sirenas susurraban distraídas a los mares: “Estaban locos para que nosotros ya no tengamos que estarlo”.

Viene del Programa nº 120 : http://20milleguasviajesubmarino.wordpress.com/

Escribe un comentario

Los Gravatars son pequeñas imágenes que se muestran junto con tus comentarios. Puedes definir tu gravatar gratis.

Más shows:

Publicidad

Suscríbete

RSS de todo el contenido RSS de los comentarios

Introduce tu mail para recibir el newsletter

Los textos de esta web están bajo la licencia Creative Commons Attribution 2.5
© 2012 Las imágenes, fotografías, logos, audios, canciones y vídeos son propiedad de sus correspondientes autores.

20 Mil Leguas de Viaje Submarino – “Diario Fragmentado del Grumete Anónimo IV. La laberíntica biblioteca del Nautilus y el canto silencioso de las sirenas “

El Nautilus navegaba pasivo por las profundidades marinas y a lo lejos el canto silencioso de las sirenas iba guiando nuestro destino incierto. Dentro de poco despuntaría un nuevo día para una tripulación pensativa que, durante la jornada por venir, debería tomar más de alguna decisión límite que tal vez nos lleve tan lejos que quizás olvidemos volver. Nemo, como casi siempre, era el primero en aparecer en escena y tomaba posición en los controles de mando, muchos de nosotros creíamos que era como los delfines que hacen descansar el cerebro por mitades para no ahogarse. A veces teníamos la impresión que Nemo esperaba a que la tripulación estuviera dormida para luego escabullirse entre las grietas del submarino e ir a danzar y cantar junto a las sirenas.

Aquella mañana inestable, el cuerpo de Nemo se paseaba inquieto de un lugar a otro de la radio-cabina, mientras su mente divagaba en busca de algún secreto que nos trasladara más allá del instante. La incertidumbre flotaba en el ambiente y las coordenadas de nuestro destino estaban eclipsadas por la nostalgia.

Durante el desayuno son recurrentes las ausencias, y la taza del café volcada sobre la mesa son el fiel testigo de esa consecuencia. La ausencia dura un pequeño instante, unos segundos indefinidos y melancólicos que terminan de improvisto, casi siempre con la llegada de una estilizada estela de café caliente que se desliza suavemente hasta chocar contra mi brazo ausente. Puesto que el retorno es tan inmediato como la partida, la palabra y el gesto detenidos se reanudan allí donde fueran interrumpidos. A veces los recuerdos quedan flotando sobre mis pasos.

Luego de un desayuno apresurado y silencioso, cada uno de los tripulantes se sumergió en sus correspondientes labores matinales. A los grumetes Pérez y Pinto les toco esa mañana limpiar la cocina y el comedor, mientras que al contramaestre Bagual juna al Almirante Gran Brígido estaban destinados a las labores de decodificación comparada de unos envíos realizados desde el exterior por nuestra tecno-oficial en la superficie terrestre, Gabi Lettieri. A mí esa melancólica mañana me tocó ir, por primera vez, a limpiar la biblioteca del Nautilus.

La biblioteca, ubicada estratégicamente en la zona más cóncava del submarino, junto a la despensa y frente de la sala de cartografía, posee una pequeña puerta metálica con una rueda que hay que girar 17 veces y luego tirar de un pequeño picaporte para abrirla. Al entrar me encuentro de frente con un señor que se presenta como Ildefonso Buscapiedras, nuevo oficial de libros y pensamientos. Me estrecha amablemente sus manos y me dice que lleva cerca de cuatro meses encerrado en la biblioteca ordenando y clasificando libros según el principio de Aby Warburg.

Aby Warburg –relata don Ildefonso- dedicó toda su vida a la constitución de su biblioteca y en su origen se encuentra un increíble episodio infantil: a los 13 años, Aby, que era el primogénito de una familia de banqueros, le ofreció a su hermano menor Max cederle su primogenitura a cambio de la promesa de comprar todos los libros que él le pidiera. Max aceptó, sin imaginar por cierto que la broma infantil se convertiría en realidad. Warburg ordenaba sus libros no según los criterios alfabéticos o aritméticos en uso por aquel entonces en las grandes bibliotecas europeas, sino según su interés y sistema de pensamiento, hasta el punto de cambiar el orden ante cada variación de sus métodos de investigación en el campo de la historia del arte. La ley que lo guiaba era la del “buen vecino”, según la cual la solución al problema no estaba contenida en el libro que se buscaba, sino el que estaba al lado. De este modo, hizo de la biblioteca una especie de imagen laberíntica de sí mismo, cuyo poder de fascinación era enorme.

Este proyecto de bibliotecología -dice don Ildefonso con un entusiasmo abismal-, va ser un acto de resignificación de las perspectivas del buen vecino de Aby según nuestras propias necesidades marítimas.

Tras ubicar un libro en un determinado lugar, don Ildefonso sacaba de su bolsillo una pequeña libreta roja donde realizaba algunas misteriosas anotaciones y hacía unos cálculos que, por el fruncimiento de su ceño, deberían de ser de una complejidad enorme, era como si en aquellas anotaciones y cálculos se le fuera la vida. Así entre libro y anotaciones, don Ildefonso de tanto en tanto se acercaba a su atiborrado escritorio y, entre papeles y libros, emergía un pequeño tocadiscos portátil del cual brotaba una música enigmática.

Luego de este viaje musical, don Ildefonso continuó relatándome lo que quería conseguir bajo la estructura de esta biblioteca warburgiana; quiero que quien entre por primera vez, me dijo con un tono de solemnidad infinita, sienta la necesidad de o bien huir inmediatamente o bien quedarse aquí por años. Esta biblioteca está pensada como un verdadero laberinto que conducirá al lector a la meta desviándolo, de un “buen vecino” al otro, en una serie de détours al final de los cuales encontrará inevitablemente al minotauro que lo esperaba desde el principio y que será, en cierto sentido, el mismísimo Nautilus, sentenció don Ildefonso.

Mientras se bebía un café con leche, don Ildefonso me invitó a descansar un rato de mis labores de limpieza e introducirme por los laberinticos estantes repletos de libros y probar así la estrategia del “buen vecino”. En esos días yo andaba interesado por el canto de las sirenas, sabía de un pequeño texto de Kafka que se titulaba El silencio de la sirenas. Me fui internado por entre los estantes hasta llegar a donde estaba el libro que buscaba, pero inmediatamente, como si de una iluminación incandescente se tratara, llamó mi atención el libro que estaba situado al lado izquierdo, era un texto de Blanchot que se titulaba El libro por venir, lo abro en la página 23 y leo: “Las Sirenas: parece efectivamente que cantaban, pero de un modo que no satisfacía, que únicamente permitía oír en qué dirección se abrían las verdaderas fuentes y la verdadera dicha del canto. No obstante, con sus cantos imperfectos que sólo eran un canto por venir, conducían al navegante hacia ese espacio en donde el cantar comenzaría verdaderamente. Por consiguiente, no se equivocaban, conducían realmente a la meta. Pero, una vez alcanzado el lugar, ¿qué ocurría? ¿Cuál era ese lugar? Aquel donde ya sólo quedaba desaparecer porque la música misma, en esa región de fuente y de origen, había desaparecido más rotundamente que en ningún otro lugar del mundo: mar donde, con los oídos cerrados, se hundían los seres vivos y donde las Sirenas —prueba de su buena voluntad— tuvieron también a su vez que desaparecer un día”.

Mientras leía y leía y dejaba de lado mis obligaciones de grumete, mientras saltaba de un buen vecino al otro, como si de una cadena infinita y sin sentido se tratara, don Ildefonso acompañaba mi viaje literario con música inclasificable.

Junto al canto silencioso de las sirenas que nos acompañaban en esa mañana tardía, me fui internando, enredando por un laberinto de libros y música… Un viaje eterno y sin retorno dentro de un espacio infinito, en el cual la locura, nuestra locura interna no es más que un viaje que se anticipa a la razón. Y así, en nuestro infatigable viaje por las profundidades del océano imaginario, las sirenas susurraban distraídas a los mares: “Estaban locos para que nosotros ya no tengamos que estarlo”.

Viene del Programa nº 120 : http://20milleguasviajesubmarino.wordpress.com/

Publicado por:

Jordi ha escrito 1964 posts en scannerfm.com.

Escribe un comentario

Los Gravatars son pequeñas imágenes que se muestran junto con tus comentarios. Puedes definir tu gravatar gratis.