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20 mil leguas de viaje submarino – “NEMO”
Género: Destacados, Electronic, Pop, Rock, Shows, Soul
Programa: 20 mil leguas de viaje submarino
21 Sep 2011
Tracklist / Contenido del programa:
NEMO. (Programa 109)
—Estos ya no son tiempos para viajes —se dice Nemo, mientras mira los restos oxidados del Nautilus. No recuerda exactamente cuánto tiempo lleva tendido allí, pero sí sabe que son varias semanas. Su vista se detiene una y otra vez en el Nautilus, en lo que queda de él en realidad: oxidado, como una gran ballena muerta, de costado sobre un suelo reseco, donde la arena ya no es arena y donde, sobre todo, ya no se divisa una sola gota de agua. Sólo queda el recuerdo del olor y el sonido del mar, pero es un recuerdo que a Nemo le duele. Cierra los ojos, rememora aquella transparencia líquida. Evoca peces y algas, evoca rocas submarinas, criaturas innombrables, seres vistos por una sola vez, evoca colores y ese sonido casi hecho de silencio, un silencio que cada tanto veía interrumpido por batallas, por la violencia que pareció seguirlo siempre en cada travesía. Nemo ignora por qué, pero, cuando intenta recordar su niñez, no puede hacerlo. Es como si siempre hubiese sido este hombre adulto, de barba, con el ceño fruncido. Sin embargo, se contenta con pensar en que, en algún lugar, deben estar aquellos días. No puede ser posible que a él le haya sido escatimada la condición de niño. Entonces, cada día, desde que se halla tendido allí, inmóvil, esperando nada, salvo que la muerte llegue luego, se dedica a inventarse unos recuerdos de infancia. Así lo hace ahora. Se ve corriendo por calles cuyos nombres ignora, en busca del mar, siempre en busca del mar. Se contempla arribando a playas en donde las gaviotas se alejan como si huyeran del tiempo más que de los seres humanos. Se imagina, asimismo, mirando el movimiento de las embarcaciones en los puertos. Se imagina de pantalón corto, pecoso, con el pelo encendido por la sal del viento, el calor amarillo de un sol que es el mismo que ahora le hiere la mirada y que oxida, no sólo al Nautilus, sino también estos recuerdos inventados para hacer menos dolorosa la espera. ¿Qué ocurrió? No lo sabe. Sólo sabe que está tirado en ese suelo que antes debió ser una playa, moribundo, aunque en una agonía que se extiende demasiado para que resulte ser la antesala de un descanso. Porque eso es lo único que espera a estas alturas: cerrar los ojos, morir de una vez por todas, descansar definitivamente en su exclusiva porción de la nada.
Nemo observa, porque una cosa es estar inmóvil esperando la muerte y otra muy distinta es dejar de observar. Entonces, ¿qué observa Nemo? Observa un gran pulpo verde con la cara de George Washington tatuada en un costado de su enorme cabeza. Observa que en cada tentáculo ese pulpo sostiene un continente. Observa que el pulpo es ciego y sordo y mudo, que es un pulpo indolente y, sin embargo, extrañamente sarcástico. Observa el cadáver de un perro que pasa corriendo por su lado y que luego se acerca para olerlo. Observa que, a medida que se acerca, el cadáver del perro se desprende de su piel, sus músculos, sus órganos, y queda sólo un puñado de huesos que se mueve, no en forma de perro, sino como una pila de huesos similares a leños preparados para una fogata. Pero son huesos y no leños, y son los huesos del cadáver de un perro que se acerca. Nemo siente el olor a perro seco. Nemo siente algo de asco, porque es un hedor más que nauseabundo. Al parecer, el perro huele lo mismo en Nemo, pues se arrima desconfiado y mueve la cabeza de un lado a otro. Luego, el montón de huesos se arrastra para alejarse y a cierta distancia, retoma la forma completa de un perro, aunque Nemo sabe que es sólo el cadáver porfiado de uno. ¿Qué más observa Nemo? Observa a lo lejos, extrañamente sobreviviendo a toda la destrucción, un viejo letrero que señala un nombre: Dichato. Observa que en el cielo, al mismo tiempo que se lee el nombre, comienza a formarse una figura de humo que parece un mapa. Ciertamente, piensa Nemo, es el mapa de Dichato. Pero en el mapa no se da cuenta de lo que se ve en este instante: el mapa muestra mar y muestra formas que se elevan y que parecen designar vidas. Acá, en cambio, como si a partir de la figura derrotada del Nautilus se consumara el punto de fuga de una tragedia irrevocable, Nemo solamente ve sequedad, planicie, la forma amarga de un desierto, cuya monotonía sólo es atenuada (¿o acentuada?) por su presencia agónica y el volumen para siempre detenido del Nautilus. Observa, de pronto, una gaviota de cuyo pico cuelga un manojo de manos. Son manos que se mueven, son manos todavía vivas, son manos que parecen querer aferrarse a algo, un algo que no obstante sólo es el aire espeso recorrido por el vuelo de la gaviota. La gaviota no mueve las alas. La gaviota sólo planea. De pronto inicia una caída a alta velocidad y cae sobre el suelo reseco, endurecido, tal vez obnubilada por el sol que parece quemarlo todo y estar al alcance de la mano. Al caer la gaviota y desperdigarse destrozada por la tierra, se oye perfectamente una risa irónica que aflora desde un rayo de sol a ratos amarillo, a veces anaranjado, cada tanto enrojecido. Las manos caen esparcidas varios metros a la redonda y siguen repitiendo el gesto de querer asirse a algo, pero no pueden y caen con los dedos abiertos sobre el óxido del Nautilus y desde allí resbalan, como pequeños crustáceos, hacia el suelo, cerca de la gaviota deshecha. Nemo observa que él parece ser el único ser humano. Pero ni siquiera está seguro de eso.
Cuando hace dos semanas recuperó la conciencia y se descubrió tirado allí, sin poder moverse, reparó en las heridas de sus bazos, piernas y frente: no sangró. Nunca, de hecho, en toda su larga y belicosa vida, había sufrido los estragos de alguna herida abierta. Ahora que tenía varias, se dio cuenta que no sangraba. Es que no podía hacerlo, porque debajo de su piel había sólo metal, un metal inoxidable, junto a pequeños pero firmes cables de diversos colores. Un metal que —según vuelve a reparar ahora— brilla y encandila bajo la luz solar, más unos cables que reemplazan todo atisbo de venas o músculos: es un androide. Es un androide, lo sabe, pero se resiste a reconocerlo pese a la evidencia y sigue esperando la muerte como un ser humano agonizante. Sigue armándose recuerdos de una niñez que nunca existió, continúa sin poder explicarse algo que tenía perfecta explicación: la falta de niñez. La falta de una vida humana en todas sus etapas. Ahora, como el cuerpo más patético del mundo, imposibilitado de ponerse de pie y de moverse, sigue allí, en medio de la desolación más absoluta, cuando ya ningún ser humano puebla el planeta Tierra, cuando de el Nautilus sólo queda un armatoste ridículo e inutilizado sobre el suelo seco, cuando el mar es una nada que no alcanza siquiera para espejismo, cuando sabe que ningún viaje espera a la vuelta de los sueños, cuando sabe que agonizará por una eternidad, cuando lo poco que le queda en funcionamiento es un chip que permite ver visiones y confundirlas con realidades o recuerdos, el androide Nemo sigue allí, en lo que antes fueron las costas de Dichato, empecinado en esperar una muerte que, por supuesto, jamás llegará para él.
La creación e idea original de esta narración, es obra creativa de Don Kato Ramone, una de las mejores Letras y Plumas de la Narrativa chilena actual.
Este programa, solo ha pretendido aproximarse a la fantasía, desarrollada por él. La tripulación como máximo, ha intentado, en esta ocasión, una interpretación musical de lo que es el devenir creativo, de lo que ahora es parte del acerbo de …20 mil leguas de viaje submarino.
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