El pasado martes 5 de noviembre tuvo lugar una de las actuaciones más esperadas del 13º aniversario de la sala Razzmatazz barcelonesa, la de los británicos Suede. De una banda de este calibre se podría esperar lo que superaron con creces. Y es que la sala estaba abarrotada (aún habiendo venido en julio dentro del festival Cruïlla), con un público metido de lleno en la edad adulta y bastantes caras conocidas de la escena musical de la ciudad. Para Suede –y sobre todo para el líder absoluto, Brett Anderson–, todavía no puede aplicarse el dicho popular de que quien tuvo retuvo. Para Brett –y para Suede–, todavía no se ha acabado la época de los baños de masas y la actitud de superestrella. Y es que, aunque en la pista todos mostramos más signos de envejecimiento que cuando empezamos a seguir al grupo, en el escenario parecía ser 1996.

Si bien Suede vinieron a presentar el reciente Bloodsports, el inicio con la bellísima, frágil y heroica Still Life hicieron saber a los asistentes que más que la presentación de un disco, estaban a punto de presenciar uno de los recitales más trascendentales de los últimos meses. A Brett, como divo que es, iba impecable, y un potente foco lo iluminó dándole un aura de semidivinidad que, para qué negarlo, le iba como anillo al dedo. A continuación Barriers, sin duda mi canción favorita del último álbum, demostraron que, además de a nivel escénico, a nivel creativo siguen siendo los mismos monstruos que hace dos décadas. Siguiendo con It Starts And Ends With You reafirmaron esta idea. Y ya con Brett moviéndose compulsivamente de un lado a otro del escenario y su camisa medio desabrochada, empezaron con la artillería pesada: Filmstar, Trash, Animal Nitrate y We Are The Pigs del tirón enloquecieron a la masa expectante, que para haber pasado casi todos ellos la treintena, hicieron algún que otro pogo sorprendente.

La calma, o sea: Brett arrodillándose y con el potente foco apuntándole volvió con las nuevas: Sometimes I Feel I’ll Float Away y Sabotage. Y tal como rezaba el tema, a estas alturas del concierto Brett flotaba y nosotros le acompañamos, con mucho gusto, en este viaje. Con The Drowners y Killing Of A Flash Boy recordé lo grande que es este grupo, y es que no dieron tregua. Brett, agradecido a la ciudad y a la vida, se acercaba a las primeras filas, se dejaba tocar por los fans y cuando se alejaba era para menear la cadera como sólo él sabe hacerlo. Y me gustaría no entrar en frivolidades, pero si no lo digo reviento: además de su elegancia característica, el tipazo que se gasta este señor con 46 años recién cumplidos no lo tiene nadie.

Con The 2 of Us volvimos al divo arrodillado y perfectamente iluminado. Un momento que hubiese sido mágico si los presentes en el lateral izquierdo de la sala hubiesen parado de hablar, porque a mis oído izquierdo llegaban los cotilleos de dos chicas mientras Brett seguía cantando por mi oído derecho. En fin, alguna pega tenía que encontrar en la actuación. Heroin, For The Strangers (otra perla del nuevo disco, que recomiendo encarecidamente) y… So Young, Metal Mickey y Beautiful Ones: la sala estuvo a punto de hundirse. Todo el mundo sonreía, la felicidad estaba presente en todos los rincones. ¿Qué más se puede pedir? Ellos nos regalaron New Generation como bonus track.

Texto: Laura Villanueva  ·  Fotos: Toni Rosado

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