Érase una vez una ciudad llamada Barcelona donde la transgresión, la cultura, la música y la reivindicación estaban presentes en todos los rincones. No es un cuento ni una historia de novela. Una vez existió esa ciudad. Podemos hablar de una Barcelona canalla en una época, sobre todo la de los primeros años 90, en la que la ciudad se empezaba a vestir de postal, de diseño, de galería abierta.

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Vivimos momentos en los  que la música es andrógina y nos convierte en seres andróginos. Asexuados, bivalentes. Los espacios públicos se prestan al debate intelectual y hasta el amigo Borroughs subido en su limousine acompañado por las gemelas, recién despedido de la discográfica Discophon, se pasea por la calle del doctor Mariano Cubí  – distinguido frenólogo español,  soltero y buen cristiano – repartiendo alegría a raudal. Nos arreglamos para estar presentables o presuntamente impresentables. Le pedimos el rimmel a mamá. Nos enfundamos nuestras botas o camperas de cuero. Queremos ser protagonistas de postal de souvenir como aquellas que adquirimos en King’s Road o cerca de Picadilly.

Vivimos en el mejor de los tiempos, en el peor de los tiempos. Es la historia de dos ciudades, la de los arribas y la de los abajos. Ciudades que habían estado separadas desde su fundación, las cuales fueron una única y divertida hasta que llegaron momentos difíciles. A mediados de los noventa del siglo pasado.

De la Barceloneta era el Papa Muffy, a quien El Amatria nos trajo durante los primeros meses para que vigilara FistBar! a modo de seguridad privada. La Barceloneta continúa castigada de cara a la pared y arrastra el pasado de contrabando y prostitución que la estigmatiza y la define desde los años cincuenta. Enfundado con su gabardina beige, sus gafas Ray-Ban de color verde y  luciendo pelo engominado hacía atrás cubríendole la calvície, Papa Muffy es un antiguo boxeador de casi metro noventa, cuya mejor hazaña  – aparte de pisar prisión o cumplir el servicio militar – fue la de perseguir durante más de diez calles a los cinco chavales que le abrieron el vientre con dieciseis navajazos, agarrándose los intestinos que le colgaban con el brazo izquierdo mientras corría tras ellos.

Los motivos de tal reyerta siguen siendo desconocidos a fecha de hoy, pero ese acto, propio de carniceros, y la milagrosa supervivencia del Papa Muffy a tal canallada, convirtió en villano al heroe local.  Era un hombre temido y respetado.  Y mostrando la parte baja frontal de su tronco daba buena fe de los descosidos que los cuchillos habían hecho así como de la profundidad de sus heridas.

Entraba por la puerta en los primeros días de andanza de la aventura empresarial llamada FistBar!, y se dirigía al final de la entrada y pedía coñac. Jamás tomaba asiento. Se apoyaba en la esquina de la barra del servicio de bar y se dedicaba toda la noche a mirarle el culo a Delfín o a Paquito, mientras agotaba el último trago de la penúltima copa. Con característica voz de cazalla, gafas oscuras en faz, y levantado el anular izquierdo, esgrimaba “Ponme otra, m*****”  y se la bebía también. De vez en cuando salía hacia la puerta haciendo ver que trabajaba, no fueran a decirle algo, y se esperaba al final para cobrar. Cierto era que su figura desentonaba un poco en aquel local cosmopolita y moderno que empezaba a despuntar y el cual pocos meses después sería Fist. Su presencia, era por causa de un desconocido interés de El Neuras para que ese sujeto pintoresco y con aspecto de matón o de Soprano anduviera en el interior del espacio hasta su cierre.

Un Martes por la noche, año 1988. Cerramos jornada. Han estado con vosotras Bubu y Joan I de Mallorca, de las Katalitikas. Hemos reído y hablado y cambiado el mundo sin hacer nada. En la barra del espacio queda Montse, quien salía con Ramonet, el que vive en la calle Rec CondalPaquito se marcha a casa, Delfín sale a recoger los sillones y las mesitas en forma de cubo, de diseño, con soporte y base de cristal transparente heredadas de los antiguos responsables y arrendatarios del local. De repente, un hecho insólito. Ese Martes por la noche, Papa Muffy se abalanza sobre Delfín mientras éste se encuentra de espaldas recogiendo. Metro noventa, pantalón bajado, cinturón caído, gafas negras, sonrisa verde, hedor portuario. Agarra a Delfín por la nuca y le espeta ahora vas a ver m***** .  La situación dura tres minutos tres. No sabía donde se metía. Y lo mejor, sale poco después por patas escamoteado y escarmentado. Había cometido dos errores: Uno, abalanzarse sobre el dueño de local. Dos, agarrarle por la nuca. Delfín era bastante peor de lo que Papa Muffy podía llegar a imaginar. Le salió el tiro por la culata, nunca mejor dicho. Pues detrás de una encantadora sonrisa puede amagarse lo mejor, o lo peor según se mire, de la faceta humana. No es oro todo lo que reluce.

Delfin sabe ver con los ojos el sufrimiento y el dolor de aquellas personas que han sido vejadas o maltratadas por el ruido y por la furia. Entre nosotros nos reconocíamos. Y esos ojos se encontraban en la oscuridad de la noche, brillando, como los de los felinos.

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La Transgresión

Prosigamos con la literatura.

Si se me pidiese que resumiera lo más brevemente posible mi visión de las cosas, que la redujese a su mínima expresión, en lugar de palabras escribiría un signo de exclamación, un ! definitivo

Olga había trabajado en Cómico Cómico y era parte del equipo de Vots, hasta que entró con nosotros en el team Fist los fines de semana por la noche. Sencilla y elegante, vestida de negro, con pelo corto a lo chico teñido de azafrán, Olga era una de aquellas chicas que sabían llevar un negocio en horas de crepúsculo como pocos hombres saben.

Impecablemente ataviada, atiende a la parroquia y nos ilustra al acabar la sesión, con las anécdotas de una Barcelona la cual se resiste, años después de las Olimpiadas, a abandonar su cutrez. Nos vamos a La Piscina, donde saludaremos a Gonzalo en la puerta y subimos a ver a Robert X en su cabina de la sala reconvertida en baño popular. Pionerizando el concepto de cultura de club y de música electrónica avanzada.

Los mejores lugares para escuchar y zambullirse en la música avanzada están donde los chicos y las chicas se encuentran. La cultura de la música popular independiente – sea ésta electrónica o no – todavía no pertenece al oceáno de las masas. Aunque nos gustaría. Atrás quedan los ochentas cuando inauguraban locales a golpe de pluma como la sala KGB, o el Otto Zutz.

Conocedora de las personas, Olga sabía que los libros eran una de las mejor compañías de los hombres solitarios, y por ello eligió uno de cubierta dorada.

Una noche cualquiera del año 1993, tras salir a bailar y a reir, antes de despedirse, Olga le regala a Delfín un libro. El libro, de lomo y tapa dorados, contenía a modo de deferencia un poema personal escrito en la hoja de cortesía que se ofrece antes de la contraportada.

Pendo de un hilo
que baja de este sueño
un oscuro sollozo
estremece mi cuerpo
miro a lo lejos y mi sombra,
pende de un árbol.

Para Delfín, mi amigo.

Este proceso de sobre-escritura, habitual en otras ciencias formales como la Música ( obra y arte de las musas ), técnica donde los autores reinterpretan y alteran una partitura original sobre el mismo pentagrama escrito, no era apreciado sino denostado por los tenedores de la llave de la ciudad.

Contaban los tenedores de la llave de la ciudad con cierto resabio y desprecio, que los libros nunca hay que escribirlos, desconociendo que grandes filólogos – como el escritor sajón Federico Nietzsche – solían subrayar parágrafos enteros para memorizarlos, mediante ese acto que conocemos como interlegere.

Silogismos de la Amargura, del filósofo rumano nacionalizado francés E. M. Cioránes el objeto de regalo que tenemos en nuestras manos; el cual Delfín todavía, a día de hoy, conserva en su diezmada biblioteca particular.

En un mundo sin melancolía los ruiseñores se pondrían a eructar.

Eran años, mediados los noventa, en los que quienquiera que trabajara dentro de los espacios de la modernidad, estaba obligada a conocer la obra de Ciorán y el catálogo tan bien editado que nos ofrecía Beatriz desde su Tusquets Editores. Ello era necesario si quería atender correctamente a las parroquias que acuden en busca de charla o de música para sus oídos.

Olga estuvo con nosotros apoyándonos y formando parte del Team Fist en su momento más álgido. Si estuviste en el evento FistBar! presenta: A ClockWork Orange ese Miércoles de Mayo del año 1993 en la Sala Monumental junto a las otras 999 asistentes, seguro que ella te asustó al entrar. Enfundada en su traje blanco con cojonera, su bombín, su máscara de drogo y su bate de beisbol de madera. Si estuviste en FistBar!, seguro que más de una noche de fin de semana te alegró la velada con su sonrisa.

En 1993, Urbano Penin, Urbano para los amigos, acababa de presentar su exposición ¡Oh mujeres!, y tenía en mente su siguiente otra, un 10 de Febrero en la Sala Maragall de la Rambla de Cataluña prevista para 1994.

Urbano acude a visitar a Olga cuando ella trabaja en FistBar!. Venía con asiduidad, pues eran viejos conocidos y se apreciaban mucho. Urbano vivía en la calle Clavaguera, cerca de la bodega que daba a la calle Fonollar.

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Olga estuvo trabajando con nosotros durante casi una temporada, la del año 1993. Y lo hacía tan bien, y servía tan bien, que muchas personas venían a verla para saludarla. También por esas fechas solía asistir a FistBar! Jordi Coca acompañado del mallorquín Miquel Bauçà. No por nada, sino por puro placer, y por que el Institut del Teatre estaba justo al lado. Jordi era el director, y cuando se aburría en el nuevo servicio de bar con bebidas alcóholicas que habían inaugurado en el recinto de la escuela de teatro se pasaba a charlar un rato con Olga. A veces solo, a veces acompañado.

Llega el año 1994, Olga nos deja para iniciar sus aventuras en el mundo de la interpretación. Eso ocurría siete años antes de que fuera inaugurada la Ciudad del Teatro en la falda de la montaña de Montjuich, en al año 2000.

Supimos que le iba bien y que iba haciendo. Olga no regresaría más. Dejó los escenarios para irse de viaje al lugar de donde las almas no retornan. Dicen que fue la tuberculosis.

Hasta octubre de 2000 no estuvo listo el protocolo que iba a regir el programa piloto de trasplante de hígado en personas con VIH, sin embargo se reducía únicamente al ámbito catalán y con unos estrictos criterios de inclusión y exclusión; y no fue hasta enero de 2002 que se realizó el primer trasplante de hígado a una persona VIH positiva en Barcelona.

Pleno de ideas y creatividad, Urbano continua acudiendo a FistBar! aún en ausencia de su amiga, y su trabajo es de una gran ayuda para el team Fist y para la parroquia que conforma el lugar. Un hombre culto y con sentido del humor nos aportó algo que las empresas siempre agradecemos: Arte y creatividad.

Ese algo que nos permite, como empresas, distinguirnos de la sana competencia y aportar valor añadido más allá de la manufacturación o la distribución del producto en sí mismo.

Desde el año 1993 hasta 1995 los chicos y el equipo de FistBar! fuimos solicitados por casi todas las salas de ocio para que les organizáramos eventos o fiestas basadas en una temática literaria o sub-cultural. Enfocadas a un público transitorio, con la mejor selección de música alternativa e independiente que podías escuchar en el país.

Urbano nos explica que tiene en mente una fiesta, un evento. Esboza una sonrisa, y nos lo explica. La compramos enseguida.

Era la Fiesta homenaje al Duque de Feria. Con el sugerente subtítulo “Pronto voy a salir de este bache“.

A diferencia de nuestras anteriores decoraciones, la temática del evento esta vez estaba basada en un suceso de la vida real: Los trágicos hechos y el fatal destino de Don Rafael Medina y Fernández de Córdoba, duque de Feria y Grande de España.

La organizamos fuera del recinto FistBar!, en un local sito cerca de la Sagrada Família, con paredes blancas ornadas mostrando la obra pictórica de Urbano, unos videos creativos de lo más, y la música mejor que se pudiera escuchar entonces. Creo que si la escucháramos ahora, esa música, acordaríamos que resulta lo más actual. Con un impecable flyer, obra de SeitanDG sobre cartulina gris metalizada, en blanco y negro.

El suceso causo verdadera impresión en aquel año 1994, siendo motivo de tertulia y comentario general. Cuando Sandra hacía la calle junto al hotel Los Lebreros, conoció al duque de Feria. Él la invitó a su apartamento de la plaza de López Pintado, donde consumió cocaína y luego posó desnuda. Es un hombre raro, peculiar, pintoresco, dijo ella para definir al aristócrata a petición del psiquiatra.

“Me gustan las mujeres, altas, delgadas y de pechos pequeños. No me considero un seductor. Me siento inseguro ante ellas y prefiero que sean ellas las que tomen la iniciativa. Mi éxito con las mujeres está en relación con mis apariciones en la prensa. Quiero mucho a las prostitutas porque me parecen seres muy maltratados por la vida”.

La historia, sin precedentes, juzgaba a un hombre presuntamente inocente hasta que se demostrara lo contrario. Los medios de prensa se ensañaban, de manera amarillenta, con uno de los nuestros. ¿Los hechos? Su afición a la fotografía, a las Bellas Artes y al placer hedonista. Un hombre a quien muy poca gente conocía personalmente. Un reproche de la opinión pública a una conducta libidinosa basada en los principios que la juventud rebelde de los años sesenta reivindicaba. Un aristócrata que no había sabido ver pasar el tiempo, quien seguía anclado en aquellas fiestas ibicencas y aquellos encuentros del Turó Park o de la calle Platería en los años setenta.

Todavía no éramos Europa, y la devaluación del valor de las cosas resultaba posible y era real. En aquellos años, se trataba de que cada una se buscara la vida como pudiera. La población no estaba preparada para un crisis como la que se vivió en 1993. Nos extrañaba ver como, ante la falta de soluciones para la población, un problema con la aristocracia ocupaba las portadas de los medios nacionales. La clase obrera iba al paraíso, pero con billete de tercera. Y en acusar al otro se olvidaba de ver el verdadero problema que se les cernía encima. No se trataba de recrearse en el escándalo ajeno. Se trataba de la economía, estúpidos.

Al inicio de la sesión declara a puerta cerrada una chica de 17 años a la que supuestamente le hizo fotos en biquini en 1992, cuando tenía 15 años. Esta joven, que habría sido captada para el duque por una mujer cuando se encontraba en una piscina pública, contó lo sucedido a su padre, y éste a la policía, aunque no interpuso denuncia. El Consejo de la Grandeza de España suspendia cautelarmente la inscripción en el Libro de la Grandeza de Rafael Medina, Duque de Feria, hasta que se ratificara o se revocara en el Supremo su reciente condena por rapto, corrupción de menores y narcotráfico.

 Una vez me dijo que se vestía de mujer para darse asco a sí mismo. Creo que él estaba destrozado desde que fue abandonado por su mujer. El señor duque era como mi padre. Nunca hicimos el amor.

El evento que organizamos en su honor fue un éxito, tanto de asistencia como de recaudación. Aportar un pequeño granito de arena a las visicitudes que sufría un ser humano.

Urbano, por entonces treintañero y amigo de la bohemia, consiguió trabajo como mâitre de sala, meses después, en Avenida del Paralelo en la llamada Salsa Latina, lo que le permitió continuar sin apuros su actividad artística. Y acudir a bailar y a reir en antro-bares del centro como el Satanassa. Pero la crisis continuaría galopando y golpearía con fuerza a los seres más sensibles.

La penúltima vez que vimos a Urbano, éste se encontraba titiritando en la calle de los Asaonadors, falto de un plato caliente de sopa, que pidió Delfín le sirvieran en el establecimiento más cercano, haciéndose cargo de la cuenta. Estaba preparando su última exposición en una galería de Barcelona, nos explicaba. No hacía falta preguntarle nada, la plaga lo había alcanzado.

En el año 1995, la última vez que se supo de él, fue a través de una llamada telefónica. Urbano ya no estaba. Se había ido a reunir con sus amigos en el cielo donde se pintan angelitos negros. No hubo preguntas, no hubo curiosos, nadie lloró.

La Música

Resultaba habitual en la Barcelona de mediados y finales de los 80 o inicios y finales de los 90, que el papel estampado de las paredes de los bares musicales, las tiendas de discos, e incluso alguna shop de moda fashion, diera paso a carteles con imágenes a todo color de nuestros intérpretes favoritos. Una versión light de los calendarios calientes que veíamos en los talleres mecánicos y almacenes de distribución del extrarradio.

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¿A tí quien té gusta más, el cantante de los Queen , o el bajista de los Europe?

Imposible no quedarse atónito ante esta pregunta siendo un jóven adolescente. Gustarnos, gustarnos… Hombre, nos gustaba la música, nos comprábamos discos y coleccionamos vinilos. Pero llegar a clavar posters en la pared de tu habitación con  imágenes de hombres semi-desnudos, torso depilado y pelo largo asiendo un instrumento musical, pues no. Eso no.

La Funambulista Musical nos presenta un anatema de ese señor llamado Harris Gleen Milstead, a quien conocemos con el nombre de Divine.

Durante el transcurso de su juventud, renunció a su puesto de trabajo y por un tiempo fue apoyado financieramente por sus padres, que atendían a sus gustos caros en ropa y automóviles. A regañadientes pagaron las muchas facturas y financiaron grandes festejos donde vestía estilo drag como su celebridad favorita, la actriz Elizabeth Taylor.

Divina es el nombre que le otorga ese otro muchacho originario de Lutherville llamado John Waters a Harris.

Divina era también el título de una canción del grupo madrileño Radio Futura. Un per-versión del tema Ballrooms Of Mars compuesto por ese andrógino torrente sexual llamado Marc Bolan, dedicada a Olvido.

Alaska era quien entonaba El Rey del Glam junto a sus Dinarama, poniendo voz al altavoz y reivindicando la música que escuchábamos en los ambientes o locales alternativos avanzados de los ochentas.

Un subgénero musical al que John Lennon etiquetó como rock glamouroso ( Glam-Rock ) o rock de pintalabios ( Lipstick Rock ). Capitaneado por los ídolos de nuestra adolescencia, proto-punks y ya entonces treintañeros, Lou, David y Marc. También teníamos a The Sweet, a Gary Glitter o a esos primeros Queen, cuyo nombre era toda una declaración de principios, tanto en su acepción ordinaria como en la extraordinaria.

En la sala de cine de la calle Verdi, en 1985, se estrenaba The Rocky Horror Picture Show. Impagable el papel de Meat Loaf en la cinta. El sonido y la furia no se dejaban escuchar en los antros que el centro de la ciudad alberga, e incluso para escuchar buena música te tenías que ir al cine.

No hago nada, es cierto. Pero veo pasar las horas lo cual vale más que tratar de llenarlas.

Escuchando a  T.Rex bajamos cada noche las entonces oscuras escaleras de la disco Karma de la Plaza Real, debajo de la casa de Nazario que tenía pendiente, diez años después, cobrar los derechos de autor de la portada del Take No Prisoners.

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Uno de los dueños de la sala era el Maño quien te saludaba en la puerta y te indicaba si podías bajar las escaleras, o no. Bienvenidos a los años setenta en plenos noventa, a un viaje a través del tunel del tiempo.

Habitual ver a hombres tatuados, apoyados en la barra de manera sornera, que provenían de otros antros similares como el EA3 o el Kike. En aquellos años, vestir de postal se asociaba a acudir a garitos que no eran mejores siquiera iguales a la alegría que proporcionaba nuestra imagen personal. En aquellos años, y con posterioridad, un tatuaje estaba asociado a ex-presidiarios, marineros o pinzones.

“Nací en El Puerto de Santa María (Cádiz). Mi padre, al que no conocí, era un militar americano de la base de Rota. Mi madre, a la que quise mucho, murió hace ocho años de un cáncer de ovario, Era una mujer de un coraje increíble, que luchó mucho por sacar adelante a sus seis hijos”.

Quizá eso explique el tatuaje que Sandra luce orgullosa en uno de sus brazos: Amor de madre. Si salías de noche entre semana, era por artista, o escritora, o trabajas en la función pública. La clase obrera todavía no tiene acceso al Paraíso, ni lo tuvo hasta mediados y finales de los noventa.

Era habitual ver en la pista a señores luciendo melenas enfundados en su camisa roja de vellón ceñida, a conjunto con cinturón de paneta y pantalón prieto con pata en forma de campana de marca Lois, con su mostacho sobresaliente, oteando. Increíble y placentero como espectador, el hecho de ver a  hombres y mujeres de otra generación, ataviados con prendas que parecían haber sido traídas directamente del año 1970 a nuestros días. Increíble, pues no teníamos en la ciudad tiendas vintage.

En una Barcelona de diseño y de postal, aquel lugar era un verdadero oasis. La música que sonaba, más bien mediocre; todo hay que decirlo. Anclada en la radio-fórmula de los años setenta. Aún así nos ofrecía momentos graciosos y alegres tanto de ser vividos como de ser contados.

La sala Karma era un sótano con goteras en forma de cilindro tubular, iluminada con luces de feria donde te encontrabas casi siempre a los mismos sospechosos habituales. Como Sabine Steinhoff, la chica que se desnudó durante un partido entre el Real Madrid y el Barça en el Camp Nou en 1992, por obra y gracia del publicista de Tuset Street Enric Sió, momento que fue recogido por los medios de comunicación presentes causando considerable revuelo. Sabine se escapaba a vernos a FistBar! por las tardes, pues le gustaba escuchar buena música.

Cerca del recoveco de la derecha, donde ahora encontramos la cabina de DJ, estaban los asientos. A oscuras.

Allí, entre tinieblas, se concentraban los muchachitos y jovenzuelos rockeros provenientes de Santa Coloma u Hospitalet, ciudades castigadas por la crisis y la marginalidad. Acudían en busca de un sobresueldo que llevarse a casa. Sábado a la noche no me quedaré. Te sacaré a salir. Al Domingo siguiente le decían a su novia que habían estado la noche anterior escuchando rockanrol con un par de amigos que querían ser disyoqueis. Y la invitaba a una gaseosa. En botella de cristal, con chapa. Y una pajita para sorber. No había más preguntas.

Uno de los momentos clímax de la sesión de baile era siempre Black Dog de los Zeppelin. La voz de falsete del señor Plant nos ponía a todos y empezábamos a dar brincos como locas. Algunas hasta se creían las guitarristas de la formación y hacían glisandos invisibles en la pista, apoyando el antebrazo justo a la altura del paquete, como si estuvieran asiendo un instrumento musical.

Otro de los momentos de euforia local  sucedía con ese himno al gatillazo que interpretaba el Rey del Pollo Frito. No necesito más de ti, ya no me puedes engañar. He cambiado tu colchón por una botella de champagne. Era ese momento de alegría colectiva en el cual La Fernanda, con su bata de cola flamenca, aprovechaba para atacar a la yugular.

Escuchando la última canción del larga duración titulado Transformista del amigo Lou, subímos cada noche las oscuras escaleras de la disco-bar situada bajo los porchos de la Plaza Real, a mano derecha según se accede por las Ramblas de los Capuchinos, un poco antes de llegar al portal de la casa donde vive Nazario y donde estaba Ocaña y donde todas se juntan.

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Los más duros acaban la noche en el local de leatheronas que todavía se encuentra en Paseo de San Juan, a puerta cerrada. O suben hasta la Villa de Gracia para mover el esqueleto con los desenfrenados hits de la música disco del Martin’s. Ellas se perdían en los arribas, en el Monroe’s al lado casi del Otto Zutz en la misma calle Laforja.

El nirvana estético del mundo: alcanzar lo supremo en medio de supremas apariencias. Ser nada y todo en la espuma de lo inmediato.

Todo sea dicho, hasta la llegada de Madonna, quien con su imagen andrógina y pelo corto establece los nuevos parámetros que la industria de la música ligera impondrá en los próximos decenios; hasta su llegada, la presencia femenina en la música popular era más bien nula.

Generación heredera de la imagen del rock orientado a adultos o del rock progresivo, tan cercano a ese ruido denominado jazz. Discípulos del sonido de carretera y guitarrero, rutas en las que las féminas no disponían de papel relevante. 

De la misma manera que confundimos los derechos de las personas de sexo femenino y las llamamos feministas por el hecho de salir y exhibirse en cueros como señal de protesta, también se confundía la masculinidad en aquellos delicados tiempos con el hecho de marcar paquete. Y no de tabaco, precisamente.

Siouxie Sioux, Annie LennoxAnne Clark, o Michelle Shocked luchaban en el mundo masculino del rock contra esa imagen estereotipada y discriminatoria de mujer florero o de desplegable luciendo vigilante rubia de la playa de la Barceloneta.

Cuando todo cierra queda Distrito Distinto una sala de funky y de baile, con servicio de bocadillos en la terraza y con dos pistas orientadas al baile y a la cultura de club. Como todo local que se precie, disponía de sótano, sala de almacenaje, y estaba dirigida por el empresario Joan Guals, quien en los noventas diversificará su negocio entrando en el sector de los aparthoteles, para dar un aire nuevo a la ciudad residencial hotelera superando el modelo Pensiones Lolita que eran de lo más habitual en la zona baja y en la periferia de la ciudad.

A diferencia de lo que suena en Ars Studio, en Distrito no escuchas Acid House sino la música electrónica que hoy es consumo de masas.

Allí encontramos a Tyrone en la cabina de la planta principal, pinchando musica que recorre los caminos de la electrónica más cool, desde Grace Jones hasta los Nitzer Ebb. Es una de las pocas salas en las cuales puedes escuchar música electrónica avanzada durante inicios de los noventa. Como el espacio Front, en Hamburgo, Distrito es un lugar donde no se molesta a nadie, donde los lavabos son mixtos y donde puedes salir a bailar y a escuchar buena música por el simple placer de hacerlo. Excepto si bajas al cuarto oscuro, claro está.

Era habitual que la pantalla de proyección de vídeos que se encontraba justo en la entrada del cuarto oscuro de la sala se exhibiera Live at Pompeii ; infumable documental  musical de un directo por parte de la segunda formación de la banda británica Pink Floyd. Hombres con pelo largo manoseando el mástil de una guitarra eléctrica entre las ruinas de la Grecia clásica.

Si alguna vez has estado triste sin motivo, es que lo has estado toda tu vida sin saberlo.

Siempre Es Domingo : Anatemas FistBar! Radio Show nº 35

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Galería Abierta

Estamos en la Barcelona que describe el manco de Lepanto en el capítulo sesenta de una de sus obras.

Ciudad donde el ingenioso hidalgo se adentra, rodeada por villas y ciudades peligrosas donde a los visitantes no menos los atribularan más de cuarenta bandoleros vivos que de improviso les rodearán, diciéndoles en lengua catalana que estuviesen quedos y se detuviesen, hasta que llegase su capitán.

Afirma el Príncipe de los Ingenios en esta obra, que para acceder a la ciudad y establecerse en ella, en no tratarse de villa franca, el visitante debe pagar arancel a esos bandoleros. Que hay de lo mío, les pregunta el capitán.

Una ciudad abierta, ante una nueva generación de ciudadanos y una internacionalización inesperada tras las Olimpiadas de Verano, una ciudad cuyo emblema paisajístico ya no eran iglesias ni palacios sino un poliedro rectangular erguido a pie de lo que fue la playa del Somorrostro. De cara al mar. Dando la bienvenida al navegante con el botín cargado y la despedida al marinero con los bolsillos vacíos. New York tenía sus torres gemelas y nosotros nuestras dos torres con nombre de compañía privada. Ideales para otear toda la ciudad. Más altas que un campanario.

Y un modelo, el de las ventanas rotas, que tan buen resultado dio a la ciudad que albergaba a la esposa de la Estatua de Colón, el cual iba a ser aplicado en esa tranquila, creativa y calmada villa mediterránea.  En esa Barcelona sumida en la crisis, existe un sector que ve con preocupación su futuro. Un sector que está obligado a re-inventarse para seguir funcionando, el cual toma una especial preponderancia y papel en lo que será el futuro destino y misión de la ciudad: El sector de las corredurías de seguros.

Errará, pues, el hidalgo manchego que acuda a la ciudad y confunda con molinos o gigantes lo que son los símbolos de esta nueva Barcelona.

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Las corredurías de seguros, negocio clásico dentro del comercio catalán, vive un momento de algidez. Atendiendo con celeridad a los inquietos y nerviosos botiguers y empresarios quienes no veían salida al túnel de la crisis que se inició en el año 1993. Los mismos quienes sufrían una avalancha de impagos y/o reclamaciones.

Con entidades bancarias y cajas de obra social prestando dinero a un interés mínimo del 17% sobre tu propio capital; resultaba si no necesario casi imprescindible, tener un control sobre la población civil morosa, e intentar recuperar todo o al menos parte de los gastos acometidos en la celebración y en los fatuos olímpicos. Y cubrir los gastos de las prestaciones sociales en un país que deceleraba a un 16% de paro nacional. ¿Querías trabajar? Comercial de seguros. Puerta fría. Empieza con la família. Luego los amigos. Si te va bien ya hablaremos de contrato. ¿Protección de datos? Eso para qué sirve.

Los gestores de estas corredurías, sacan partido de ese pánico social creado por la falta de solvencia y los continuos cierres de empresas, para asimilar a la competencia e iniciar un período de expansión de sus actividades ampliándolas en los sectores de Limpieza, Auxiliares y Seguridad. Así, podrían cumplir dos objetivos: Controlar al asegurado más allá del lindar que demarcaba  su puesto de trabajo, pertenencias u hogar – el modelo de negocio de las aseguradoras tradicionales que tan rentable era pero que no permitía expansión -,  y el acceder a la información e intercambio de datos personales sin necesidad de cumplir ley alguna. Limpiar. Auxiliar. Y asegurar, sobre todo asegurar.

 Durante la guerra fría los espías eran, según cuenta en sus novelas John Le Carré,  maestro indiscutible del género y antiguo agente del MI2 británico, antihéroes con aspecto de oficinistas de tercera; vulgares, mal vestidos, perdularios y, en ocasiones, cornudos o sodomitas. Eso sí: poseían una inteligencia excepcional, dominaban a la perfección más de cinco idiomas y se beneficiaban de una memoria de computadora.

Estamos en guerra fría, caído el muro de Berlín en el año 1988, cercana la oxidada  guerra de las Galaxias y con una Europa que no verá la paz hasta el año 1998. Estamos sumergidos en una crisis económica que pone en alerta a los terratenientes y senadores de nuestra ciudad. La resaca olímpica da paso a los días de vino y rosas, y ya no resulta bonito ser voluntario a cambio de un sueño imposible.

Con ese cortoplacista y lucrativo fin, en ese pleno período de expansión, se reclutaron a dos tipos de perfiles profesionales para sus puestos de confianza: Uno, a ciertos hijos de prohombres, libres de toda sospecha, quienes podían acceder a cualquier dato que estuviera en la central de información de manera clandestina. Otro, a conocidos o simpatizantes de extremismos colindantes a actos tipificados en el código penal, que sucedieron en los primeros ochenta en ciudades y villas de nuestra península. Gente de tribus urbanas. Resentidos, alguien gris quien odiándose a sí mismo bien pudiera alegrarse de la desgracia de los demás. Asiduos a los prostíbulos. Jugadoras de Bingo.

No se trataba de matones ni de especialistas, ni de gente formada. Tanto en el primer perfil como en el segundo trataba de los bandoleros de nuestra novela de caballerías.  Trataba de vulgares informantes, de papa muffys, de gente con debilidades, de hijos de papá con veleidades artísticas incapaces de encontrar un trabajo serio, de incapaces de crear nada más allá de lo que les permitía el dinero de sus abuelas, de informáticos mediocres, de gente acosada por deudas con servicio militar cumplido, de artistas que vendieran su arte al mejor postor, de grafistas capaces de falsificar un documento con sus técnicas, de gente con gorra y visera, de músicos enganchados al rocknrol, de madres de família que  por sus necesidades tuvieran necesidad de limpiar, de funcionarias de clase cé, incluso de maleantes y vagos rechazados de las oposiciones a los cuerpos generales del Estado.

Se trataba de reclutar y hacer propios por parte de estas corredurías de seguros, a aquellos quienes, por un motivo u otro, habían osado y conseguido introducirse gozando de buena fama entre los círculos progresistas, alternativos, empresariales o creativos de la ciudad. Era una Barcelona en crisis, donde se pasaba hambre en ciertos ambientes, y en la cual había demasiado en juego como para perder.

 

Siempre Es Domingo : Anatemas FistBar! Radio Show nº 35

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Se trataba, pues, del negocio del miedo. Se trataba de crear informes desfavorables. De atemorizar a los propios clientes de toda la vida generándoles angustia y miedo para con sus propios. Se trataba de algo tan normal y consensuado como el hacer cumplir las leyes vigentes en Europa. Trataba de que una ciudad abierta se convirtiera en un coto donde la actividad humana quedara reducida a su mínima expresión o se concentrara en determinadas zonas.

Un pueblo no representa tanto una acumulación de ideas y teorías como de obsesiones.

El miedo a los Alfaques ( suceso que llegó a ser una teleserie de máxima audiencia en la primera ),  que permitió la creación de rondas que circunvalarán subterráneamente la ciudad. No fuera a ser que derrapara otro camión cargado con 25 toneladas de propileno licuado. Habrá que preveer.

El miedo al VIH, la cual no tenía cura y que era una maldición de los cielos y no distinguía ni raza ni clase ni condición. Habrá pues que concentrar a la población en sitios neurálgicos. La montaña de Montjuich. La Izquierda del Ensanche. Los polígonos industriales habilitados como macro-discos after-hours. Se trataba de dejar de estar presentes en todos los rincones.

No son los males violentos los que nos marcan, sino los males sordos, los insistentes, los tolerables, aquellos qué forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el Tiempo.

Se trataba también de una generación de futuros nuevos ricos con el poder en las manos y sin escrúpulos, que nada tenían que ver con las centenarias, formales, clásicas compañías de seguros que operaban en la ciudad desde su Ensanche central o en la zona alta. La gente divina no se hacía con ciertos sectores de la modernidad, bien por principios, bien por pudor.  Y si no existían tales motivos ni miedos, pues se generaban. Nosotros nos encargamos de cobrar, no se preocupe.

Hacía falta pues, una nueva generación de empresarios-bandoleros que supieran como entender a esos nuevos ciudadanos, y que convirtieran lo que era una alegalidad en eso, en una continua y perpetua alegalidad.

Vestir de Postal

Barcelona, ciudad abierta, estaba poco o nada representada como una de las capitales mundiales con más número de gays y lesbianas del mundo. Aunque todos lo sabíamos. Nos conocíamos y entendíamos a los demás.

Mira, a esa le han puesto una mercería. Mira el otro, acaba de abrir una tienda de zapatos. La realidad permanecía escondida; y quienes se atrevían a a salir del armario solían ser reprimidos ya fuera por la aplicación de la Ley de Peligrosidad Social, o por la delación, producto de la caracterísitica envídia que corroe el carácter catalán. O por el ambiente que una ciudad gris y adormecida presentaba al extranjero visitante.

Seamos optimistas. Para una generación de jóvenes de los años ochenta y noventa, esa percepción de ciudad se hizo invisible, ofreciendo una alternativa diversa y plural más allá de los ghettos prefabricados en aquel entonces ; y aquel anatema de los Bronski Beat –  Smalltown Boy – continuó vigente hasta inicios de nuestro siglo. Veníamos del nacional-catolicismo y las secuelas del mismo continuaban quince años después.

Siempre Es Domingo : Anatemas FistBar! Radio Show nº 35

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Quizás por ello, una serie de locales y espacios minúsculos, pequeños, favorecían el encuentro, el ágora, que estaba prohibido públicamente en la vida real. La vida irreal es sueño y los sueños, sueños son.

FistBar! fue uno de esos espacios. Una iniciativa empresarial fundada con capital privado y sin ninguna ayuda más que la del apoyo de una serie de prohombres y mujeres que sentían un modelo de ciudad distinto al que una serie de personajes tenían en base a sus intereses comerciales.

En los tormentos del intelecto hay una decencia que difícilmente encontraríamos en los del corazón.

Prosigamos con la literatura.

Si algo descubres a través de las minorías es el derecho innato que poseen como personas, como seres humanos, a existir y llevar una vida digna. Si algo descubres en la vida es que, al igual que sucede en las películas de ficción, todos los seres humanos hemos nacido iguales. Algunos devienen buenas personas y otros y otras abrazan el camino de la maldad.

Como símil literario a esa canción de La Gelu que entonábamos durante nuestras correrías nocturnas plenas de bondad,  y con la que Las Katalítikas finalizaban su espectáculo de cabaret brechtoniano: Siempre ea Domingo.

Domingo. Último y desconocido personaje del libreto de aventuras escrito por ese moralista católico, lleno de sentido del humor, llamado Chesterton. Un libreto donde los restantes días de la semana esconden nombres y apellidos.

Por que igual que nos gustan las músicas, también sentimos curiosidad por las letras de las canciones, y por su significado. Será en futuras ediciones Anatemas donde desglosaremos de Lunes a Sábado, a seis ejemplos anónimos y grises, ejemplos vivos  que nos haran de personajes de letrilla, de algunos quienes contribuyeron con su granito de arena a  que la ciudad portuaria pasara de la noche al día de ser capital en potencia a ser pueblo de costa. Abandonaremos la lectura de los libros de cabalerías y recuperaremos la razón.

La Reivindicación

Érase una vez una ciudad llamada Barcelona donde la transgresión, la cultura, la música y la reivindicación estaban presentes en todos los rincones. No es un cuento ni una historia de novela. Una vez existió esa ciudad. Lustros después esa Barcelona canalla da paso a la ciudad atlántica que hoy reconocemos como nuestra. Una ciudad sin ancianos. Una ciudad sin árboles. Una ciudad escaparate.

Pero, eso sí, continúa siendo una ciudad nocturna y rockera, una ciudad que toma como suya aquella afirmación estampada en una camiseta de los Manic Street Preachers : “ Todo el rock’n’roll es homosexual “. Y ellas lo saben.

En fín, a símil de la escena final del filme en blanco y negro Los Tarantos, nos levantamos un Domingo más y paseamos por Las Ramblas, donde alguien vestido en bata de boatiné baila un zapateado esquivando el agua de la manguera que riega las sillas de alquiler y la acera vacía. Con unos walkman pegados a los cintura y unos auriculares puestos, subimos hacia la parte alta de la ciudad. Aquella que no ha sufrido transformaciones arquitectónicas desde que fue refundada. La palidez nos muestra hasta dónde puede el cuerpo comprender al alma.

Bienvenido y bienvenida a tu programa favorito.